8M: Tres generaciones se unen en su primera marcha por los derechos de las mujeres
En el marco de la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, la Ciudad de México fue testigo de una manifestación masiva donde, entre consignas, tambores y miles de pasos sincronizados, caminaron historias de primera vez. Tres mujeres de generaciones distintas -una niña, una madre joven y una adulta mayor- convergieron en la marcha del 8M con motivaciones diferentes pero con una certeza compartida: ya era hora de estar presentes y alzar la voz.
Regina: La curiosidad de una generación que exige seguridad
La más joven del grupo es Regina, de apenas 12 años, quien llegó tomada de la mano de su madre Dalia. "Ella tenía mucha curiosidad, quería entender de primera mano en qué consiste este movimiento", explica la madre con orgullo evidente. Para ambas, esta representaba su primera experiencia en una manifestación de esta magnitud.
"Queremos vivir esta experiencia y exigir que se cumplan nuestros derechos fundamentales. Mi deseo más profundo es que mi hija pueda crecer en un entorno seguro", expresa Dalia con convicción.
Regina escucha atentamente y, cuando toma la palabra, lo hace con una claridad que sorprende por su edad: "En muchas ocasiones no sabes si algo malo va a ocurrir. No puedes salir a la calle con tranquilidad. Vine aquí para apoyar a todas las mujeres que han sufrido algún tipo de abuso". La niña comparte su sueño de dedicarse a la danza, aunque aún no decide qué carrera estudiará. "Todas deberíamos poder dedicarnos a lo que realmente amamos", afirma, como si se tratara de la afirmación más lógica del mundo.
Diana: El despido por maternidad que la llevó a las calles
Unos metros más adelante en la manifestación se encuentra Diana de la Fuente, de 41 años, médica veterinaria de profesión. Para ella también era su primera marcha, pero la razón que la trajo hasta aquí tiene un sabor amargo: "Me despidieron injustamente por el simple hecho de ser madre", relata con voz firme.
Después de una década trabajando en un hospital veterinario privado, se negó a modificar sus horarios laborales porque no contaba con quien cuidara a su hijo de dos años. Lo que siguió fue una campaña de acoso laboral sistemático, presiones constantes para que renunciara voluntariamente y la completa ausencia de apoyo para la lactancia materna. "Me enviaban a la sala de juntas bajo la vigilancia constante de las cámaras... o a la azotea, bajo un techo de lámina completamente inadecuado".
Su voz se endurece al recordar estos episodios, no por rabia descontrolada sino por dignidad herida. Hoy marcha con la determinación de que ninguna otra mujer tenga que enfrentar la dilema imposible entre su carrera profesional y su maternidad. "Criar a mi hijo es mi prioridad absoluta. No quiero convertirme en una madre ausente por exigencias laborales injustas".
Doña Rosa: A los 76 años, descubre la libertad de expresión
Y entonces aparece doña Rosa Mendoza, de 76 años, avanzando lentamente pero con paso seguro, apoyándose en su bastón con la mano izquierda mientras muestra una determinación que conmueve a quienes la rodean. "Es sumamente importante que estemos unidas en esta causa", alcanza a decir antes de que su voz se quiebre ligeramente. "Nos callamos durante demasiado tiempo... sobre todo lo que padecimos en silencio".
Respira profundamente antes de continuar: "Era lo que siempre decía mi esposo. Una mujer debía acatarse a las decisiones ajenas. Y mantener silencio para evitar que los vecinos hablaran". Sus ojos brillan con intensidad, pero no de tristeza: de alivio liberador. "Ahora finalmente tengo libertad. Me integré a un programa dirigido a mujeres adultas y... me crecieron las alas". Una sonrisa tímida pero luminosa ilumina su rostro.
Sobre la marcha misma, doña Rosa comparte: "Antes pensaba que este tipo de manifestaciones eran agresivas, pero me equivoqué. Aquí puedo expresar libremente mis sentimientos acumulados por décadas".
Un mensaje poderoso entre generaciones
Tres mujeres, tres historias de vida marcadamente diferentes, tres primeras veces en una misma manifestación. En medio de la multitud que llenaba las calles de la capital, sus voces se entrelazaron formando un recordatorio poderoso: nunca es demasiado tarde para reclamar la libertad que merecemos, y nunca es demasiado temprano para aprender a defender nuestros derechos.
La marcha del 8M en la Ciudad de México demostró una vez más que la lucha por la igualdad de género trasciende edades, profesiones y circunstancias personales, uniendo a mujeres de todas las generaciones en un solo grito colectivo por un futuro más justo y seguro.



