Como todos los días y a excepción de la bebé, la prisa había invadido a la familia. Lalo y Cristi salieron corriendo de su casa, arrastrando de la mano a sus hijos. Trece minutos no bastarían para llegar a tiempo al colegio, de manera que los pequeños Beto (en honor de su abuelo paterno) y Carlitos (en honor de su abuelo materno), se ganarían un nuevo retardo que sorprendería a nadie. La que nunca llegaba tarde a la guardería era la bebé: entraba treinta minutos después. No le importaba, a los tres meses de edad, no se tiene noción del tiempo.
Primera versión: la tragedia
El auto arrancó a toda velocidad, provocando que Beto y Carlitos vaciaran generosas porciones de sus respectivos chocomiles en las playeras del uniforme, otrora albas. Eso recordó a la madre que debía cambiar los vasos plásticos por otros que ofrecieran mejor hermeticidad. Cristi, hincada en su asiento y estirando los brazos, mal-peinaba a los dos niños, que viajaban con su hermana, en el asiento posterior. Esa posición fue la que impidió que Lalo viera al autobús que, sin frenos y en loca carrera, arremetió contra el compacto de la familia en la intersección de avenidas. El involuntario trámite del enorme vehículo, de usar el pequeño auto como instrumento de frenado, resultó en un estruendo que pareció prolongarse una eternidad. Chirriar de neumáticos, ruido de cristales al fragmentarse y luego un angustioso y largo silencio. Cristi no estaba más en el asiento que ocupaba instantes antes, Beto y Carlitos lloraban asustados, pero íntegros. La bebé, asegurada a su sillita, no se percató de nada. Lalo, como autómata, bajó del auto: en su extravío, buscaba a Cristi.
Segunda versión: la rutina
No. Ni siquiera yo estoy de acuerdo con lo que propongo: no disfruto la tragedia y menos la sangre. Entonces mejor quiero, para algo soy el autor, que la familia, una vez secuestrada por la prisa, salga corriendo de la casa y suba al auto. Es entonces que Carlitos vuelca su vaso de chocomil sobre la bebé. Como en la opción anterior, viene a la mente de Cristi el recordatorio de cambiar los vasos plásticos, pero es un pensamiento fugaz, porque regresa presurosa a la casa y toma un cambio de ropa y dos pañales adicionales para la pequeña. Los niños no llegarán peinados al colegio: hay que dar prioridad al cambio de ropa de la criatura. En lugar de trece minutos para llegar, solo disponen de doce: se perdió un minuto. Cristi va hincada en su asiento y estira los brazos para mudar de ropa a la bebé, que va en su sillita. En el cruce de las avenidas, Lalo mira lo que quedó del autobús, que inexplicablemente se ha incrustado en la casa de la esquina. Disminuye la velocidad. Salvo la bebé, toda la familia mira boquiabierta. Los otros autos también hacen lento su paso. La demora para llegar al colegio será mayor.
¿No les parece que es una historia muy plana? A mí sí. Se hace evidente que un minuto es, algunas veces, la diferencia entre la vida y la muerte, pero si estoy escribiendo un cuento, entonces, ¿dónde están la intensidad y el clímax? Necesito encontrar el equilibrio: ni la tragedia de la primera opción, ni la planitud del segundo.
Tercera versión: el giro inesperado
Va otro intento. Salen de la casa a toda prisa. ¿O no con tanta prisa? Bueno, no voy a aclarar si es mucha o poca, solo diré que salen apresuradamente. Digo, también el lector debe tener un poco de imaginación, ¿no? ¿Por qué he de ser yo el único creativo? ¿En qué estaba? ¡Ah sí!, salen apresuradamente. Suben al auto, Beto y Carlitos derraman generosas porciones de su chocomil en sus playeras, otrora albas. Eso ya lo había dicho, ¿verdad? El asunto parece importar poco a Cristi: está cansada de vivir lo mismo día con día. Lalo no conduce pausado. Cruzan la intersección por la que en mis otros intentos ocurrió el accidente, pero esta vez no hay tal. Sucede que el conductor del autobús va un minuto tarde y el autobús impactará la casa, pero una vez que la familia haya superado el cruce. No, mejor el accidente no ocurrirá porque el problema de los frenos fue detectado oportunamente y el autobús está en el taller… sí, esta opción me gusta más. Nadie sale lastimado y nadie gastará dinero. Porque todos sabemos que los accidentes son un dolor de cabeza. Aún sin haber heridos, el quebranto económico es inevitable. Sí, es mejor así.
El equilibrio: el drama personal
Sin embargo, sigo sin encontrar el equilibrio: o sale plano el cuento, o de plano, dramático. Tengo que encontrar un plano conductor diferente. ¡Ah caray! fueron muchos “planos”. ¡Ya sé!: Salen de la casa a toda prisa y la verdad no me importa si los chiquillos tiran o no el dichoso chocomil o si lo hacen o no encima de la bebé, porque el punto no es ese: el punto es que lo primero que ve Cristi en el piso del auto, es una bolsa de cosméticos, que no le pertenece. Con lentitud, gira la cabeza y mira con fijeza a Lalo. Éste finge no percatarse de lo que sucede ni de la aguda mirada de la mujer. Realmente, Cristi no está sorprendida. Hacía tiempo que la conducta de Lalo era extraña: frecuentes regresos tardíos a la casa al final del día, respuestas monosilábicas, desinterés en ella y en los niños, incluso aromas ajenos en su ropa y alguna vez, una mancha, labial, en el cuello de la camisa: ya no podía fingir que nada pasaba.
Una lágrima resbala por la mejilla de Cristi. No le importa si los niños llegan tarde. Guarda silencio. Durante el trayecto al colegio, todos callan en el auto. Beto y Carlitos no saben, no comprenden, pero intuyen: algo no está bien. Callados, aceptan la ayuda de Cristi para bajar del auto, reciben sus mochilas y murmurantes, se despiden del papá. La bebé duerme.
¿Me habré pasado de intensidad y clímax? ¿Me faltó? No lo sé. Nunca se sabe. El que define si hay acierto, es el lector. Y lo menciono en singular, a pesar de que hay muchos lectores potenciales… o eso quisiera yo: tener muchos lectores, aunque me sometieran a su juicio.



