Marcha del 8M: Una jornada de voces, dolor y determinación
El sol comenzaba a golpear con intensidad desde las primeras horas de la mañana cuando las mujeres empezaron a congregarse. A las 9:30, la marcha ya tomaba forma entre un mar de pancartas moradas, carteles con rostros de desaparecidas y consignas que retumbaban en el asfalto. A pesar del calor abrasador que se intensificaba con cada minuto, ninguna de las manifestantes parecía dispuesta a retroceder.
Unidad en la diversidad
La sensación que impregnaba el ambiente era palpable: unidad absoluta. No se escuchaban voces aisladas, sino cientos que se fundían en un solo grito colectivo. "¡Señor, señora, se matan a las mujeres en la cara de la gente!" coreaban jóvenes con rabia contenida, mientras otras respondían con la consigna emblemática del movimiento: "¡Ni una más! ¡Vivas nos queremos!".
Entre la multitud se veían mujeres de todas las edades y condiciones: jóvenes estudiantes, madres con hijas pequeñas, trabajadoras, adultas mayores y algunos hombres solidarios. En uno de los contingentes, una manta anunciaba la presencia de la CNTE, cuyos integrantes se sumaron para mostrar apoyo a la exigencia de justicia.
Historias que caminan
En medio de la marea humana, una joven sostenía con firmeza un cartel con el rostro de su amiga desaparecida. Moni había desaparecido hacía diez años en Ijotepec, Estado de México, después de dejar a su hijo en su entrenamiento de fútbol. Aquella tarde común se convirtió en una eterna espera.
"Ella no está aquí físicamente, pero está conmigo en cada paso", declaraba la joven mientras marchaba, cumpliendo la promesa de envejecer juntas que alguna vez se hicieron. Su historia era una entre miles, cada paso representaba una vida truncada, un sueño interrumpido.
Emociones encontradas
A un costado de la calle, una pareja de adultos mayores observaba el paso de la manifestación. Mientras escuchaban las consignas, una sonrisa leve apareció en sus rostros, pero pronto las lágrimas comenzaron a rodar. "En nuestra época muchas de estas cosas no se podían exigir en voz alta", comentaba la mujer, viendo con emoción a las nuevas generaciones tomar las calles.
El reloj marcaba las 2:00 de la tarde cuando la multitud comenzó a concentrarse en la explanada del Zócalo. Allí, la caminata colectiva dio paso a los testimonios personales, creando un ambiente de solemnidad y escucha atenta.
Testimonios que estremecen
Uno de los relatos más impactantes fue el de una niña de 8 años que narró cómo un profesor abusaba de ella en los baños de su escuela en Pedregal del Sur. "Cada vez que intentaba escapar, él me alcanzaba y me regresaba con golpes", contó con voz temblorosa. Aunque el agresor se encuentra en prisión, aún no ha recibido sentencia.
Mientras hablaba, un silencio respetuoso se apoderó de la plaza. Muchas mujeres asentían con la cabeza, reconociendo en esa historia ecos de sus propias experiencias.
Descanso y reflexión
En diferentes puntos de la explanada, pequeños grupos de mujeres buscaban refugio del sol inclemente. Bajo la escasa sombra de postes y muros, compartían bebidas frías y alimentos mientras iniciaban conversaciones espontáneas:
- Experiencias personales de violencia
- Posturas políticas sobre los derechos de las mujeres
- Comportamiento masculino en espacios públicos
- Dinámicas familiares complejas
- El papel de las redes sociales en el movimiento
Pese a la dureza de los temas, muchas expresaban sentirse felices de estar allí, no por el motivo que las reunía, sino por finalmente sentirse acompañadas y comprendidas.
Rituales de sanación
En algunos espacios, mujeres realizaban limpias espirituales, encendiendo sahumerios y hierbas para simbolizar la sanación colectiva. Estos momentos de ritual contrastaban con los testimonios desgarradores, creando un tejido complejo de dolor y esperanza.
Violencia desde la infancia
Varias participantes coincidían en un punto crucial: la violencia puede comenzar desde los primeros años de vida. Aunque la movilización se centraba en la violencia contra las mujeres, también surgieron reflexiones más amplias:
- Hombres y niños también sufren violencia, aunque con menos visibilidad
- No todos los padres son violentadores; en algunos casos, las madres participan en dinámicas familiares dañinas
- Las disputas legales pueden complicar aún más las situaciones familiares
Un caso particular generó debate: una niña relataba cómo su madre buscaba demandar a su padre por ley vicaria, aunque ella aseguraba que él había sido su principal apoyo. Esta complejidad ilustraba cómo las relaciones familiares pueden volverse campos de batalla legal y emocional.
No es celebración, es exigencia
Para la mayoría de las mujeres presentes, el 8 de marzo no representa una celebración, sino un recordatorio doloroso:
- Historias que aún esperan justicia
- Memoria de las que faltan
- Esperanza de que algún día las consignas ya no sean necesarias
Mientras el sol comenzaba su descenso, las últimas voces seguían resonando en la plaza: "¡Ni una más! ¡Vivas nos queremos!" El sonido de tambores, silbatos y aplausos se mezclaba con la determinación de miles de mujeres que, con historias distintas, compartían una misma convicción: su voz unida puede convertirse en una fuerza imposible de ignorar.



