Reflexión Ética y Horrorismo: La Guerra No Convencional en México y su Impacto Psicológico
Reflexión ética sobre la guerra no convencional en México

La Carga Ética de Investigar la Violencia en México

La elección de un tema de investigación siempre conlleva una profunda reflexión teórica, pero en mi experiencia personal, me he visto sumergida en complejos dilemas éticos que incluso han invadido mis sueños con pesadillas de vísceras y guerras sangrientas. Despertar con una inquietud persistente, perseguida por la duda de si mi interés genuino podría estar transformándose en una actitud morbosa, me llevó a iniciar una cavilación intensa en la que ahora puedo reflexionar con mayor claridad.

Espacios para la Sinceridad Frente al Dolor

Pero ¿dónde encontrar aliento genuino, más allá de las terapias tan frecuentes en estos tiempos contemporáneos? ¿Qué espacios son realmente propicios para sincerarse ante la inquietud por el dolor ajeno y el propio? Existen pocos ámbitos donde poder volcarse hacia la reflexión sobre cómo nos afectan nuestras investigaciones, o la realidad misma, y cómo nos dejamos afectar por ella. Estas expresiones íntimas son frecuentemente asociadas con el patetismo de quien simula una pena para cautivar miradas. A menudo, solo quedan el diálogo interior y la escritura como refugios auténticos.

Nos encontramos ya muy lejos de aquellas grandes interrogativas universales: ¿cómo contribuir a evitar una guerra? Pregunta que Virginia Woolf se dispuso a responder en su emblemático ensayo Tres guineas. Aunque las bombas han vuelto a explotar con fuerza y cientos de destellos violentos brillan a lo largo de toda la República Mexicana, sin mencionar el panorama mundial completo. Observamos desde nuestras trincheras intelectuales —por seguir utilizando este lenguaje bélico— el teatro constante de la catástrofe y caminamos junto a la afirmación de Wilfred Owen, secundada por Woolf, de que la guerra resulta insoportable, horrible y completamente bestial.

Los Violentómetros y la Guerra Contra el Narcotráfico

Los violentómetros y la enumeración interminable de daños colaterales, ocurridos bajo la declarada guerra contra el narcotráfico, constituyen el encuadre principal en el que se circunscribe nuestro sentido común al intentar comprender cuándo comenzó esta cadena perpetua de escenas violentas en el país. Como antecedente directo de la violencia homicida, de las extorsiones predatorias y demás crímenes donde la integridad física se convierte en un cuerpo abierto a la vulnerabilidad, se tiene precisamente ese cuadro desolador; quizá nuestros marcos de sentido común se topen con ese escollo conceptual y no nos permitan ver que, más allá, existe toda una tradición en operaciones militares y psicológicas que han alimentado esa guerra no convencional donde la confrontación se presenta como un conflicto bélico intermitente para abatir al enemigo interno, nutrido directamente de las doctrinas de contrainsurgencia puestas en operación por Estados Unidos durante épocas de posguerra.

Por lo tanto, la ola de violencia que nos alcanza hasta el día de hoy no es fortuita ni aleatoria; en esa construcción compleja del imaginario social se esconde cuidadosamente aquella guerra no convencional que sería también consecuencia directa de las masacres atroces de la Segunda Guerra Mundial. La guerra de aniquilación descrita por Hannah Arendt destruye, además de la infraestructura física, todos aquellos sistemas de relaciones humanas surgidos de la acción colectiva; la posibilidad misma de mundo se ve seriamente impedida por la violencia total y absoluta.

Dos Caras de la Guerra: Aniquilación y Conflicto Intermitente

Por un lado, tenemos la guerra de aniquilación que busca borrar del mapa toda relación humana y su historia compartida, y por otro, la guerra intermitente o no convencional en un territorio específico, la cual apunta directamente hacia un enemigo interno identificado. En México, nos encontramos inmersos en una guerra no convencional de la que algunos grupos —específicamente la delincuencia organizada— se han apropiado completamente, haciendo uso tanto de tácticas militares convencionales como de operaciones psicológicas sofisticadas que buscan infundir temor profundo y rendición inmediata. Arendt nos advertía claramente que la aniquilación es propia de los regímenes totalitarios y que estos, mediante el terror sistemático, aniquilan todas las relaciones interhumanas posibles. Pero este terror sistemático ha alcanzado la práctica cotidiana de aquellos que inclusive no se ciñen estrictamente al totalitarismo clásico.

El Poder Punitivo y el Espectáculo del Castigo

También observamos en la actualidad una serie de vestigios evidentes del poder punitivo descrito por Michel Foucault, donde los suplicios eran públicos para complacer directamente a las multitudes. Si bien a nivel jurídico formal el castigo se inserta ya en los cuerpos y mentes de manera diferente, la enseñanza del castigo mediante el suplicio en los cuerpos pone su impronta duradera en las prácticas de la delincuencia organizada en México, y esto se constata claramente por el cúmulo creciente de imágenes que circulan en redes sociales y periódicos donde los cadáveres se convierten en herida abierta, son expuestos deliberadamente para que el mensaje llegue a su destino preciso: los contras o contrincantes. Las reacciones ante estas fotografías —tomadas por quién sabe qué alma atormentada, testigo directo de las masacres— también dan muestra contundente de que el castigo se extiende mucho más allá de los involucrados directos (es decir, de los “combatientes”), pues muchos espectadores apoyan activamente el derramamiento de sangre, y justifican la muerte con frases como: “son daños colaterales inevitables”, “está bien que se maten entre ellos mismos”, “son los causantes principales de la situación del país”, “se lo merecían completamente”. El castigo-espectáculo es el que se vuelve completamente público ahora a través de redes sociales y, de manera preocupante, una parte significativa de la sociedad se contenta con estos suplicios atroces, como los desmembramientos y las decapitaciones, como si la guillotina histórica no hubiera sido suficiente; ahora se toma el arma directamente y el clic del gatillo muestra la potencia brutal para ejercer la violencia extrema.

Necropoder y Control sobre los Cuerpos

Pero no solo es la violencia física la que se ejecuta con estos suplicios públicos, sino también el poder absoluto sobre los cuerpos. El necropoder que ya Achille Mbembe señaló en su texto fundamental Necropolítica, se advierte como consecuencia directa de la colonización histórica y las guerras de ocupación moderna. Tal necropoder también se manifiesta con fuerza en este país. Se decide de manera arbitraria a quién se le da muerte y a quién se le permite vivir.

La Guerra en la Cotidianidad y el Disciplinamiento

La continuación constante de la guerra en la cotidianidad de nuestros días ha ido reforzando progresivamente el castigo social. El disciplinamiento de los cuerpos torturados y la política de muerte se han insertado profundamente en la doctrina militar, así como en las capas civiles donde varios adolescentes se jactan abiertamente de pertenecer a un “cártel” específico, portando chalecos antibalas, armas sofisticadas, radios de comunicación mientras vigilan el horizonte de un campo abierto. Estos cuadros son los que he visto repetirse constantemente en TikTok, plataforma social en la que se acumulan videos con este tipo de perfiles peligrosos. Dice una canción popular actual: “ya no hay remordimiento alguno, solo muerte de contrarios”, pista con la que es musicalizado un video donde un joven desmiente su propia muerte y celebra su vida ante los rumores de que había fallecido en un topón o enfrentamiento violento.

Horrorismo y la Imposibilidad de Apartar la Mirada

Mientras que unos cuantos espectadores avivan el fuego de la hoguera de los suplicios públicos, a mí me recorre un escalofrío profundo ante las fotografías que, como afirma Virginia Woolf acertadamente, son la burda expresión de un hecho terrible, dirigida directamente a la vista. Este escalofrío se va removiendo desde los cabellos hasta los órganos internos, se revuelca en el estómago y desemboca en náusea intensa. Antes de cerrar los ojos inevitablemente, me quedo perpleja ante la imagen cruda y los videos con alarde explícito de violencia total. Adriana Cavarero nos dice que este sentir particular se acerca al horror puro, un horror que va más allá de la repugnancia ocasionada al ver la cabeza de Medusa en tanto mito cosificado en las violencias de ayer y ahora; sin embargo, las formas que las violencias actuales expresan son tan indecibles que no alcanza esa palabra simple para definir ese afecto complejo, es más bien horrorismo el que entra en la jugada de la emocionalidad humana, de mi propia emocionalidad investigadora.

Es prácticamente inmirable lo que sucede actualmente en México. La fotografía periodística y los videos virales no cesan de circular constantemente. ¿A dónde dirigir la mirada responsable si no hacia adentro propio, lugar íntimo donde podemos reconocer honestamente la forma en la que nos afectan los sucesos traumáticos y, en mi caso particular, el tema específico que estudio académicamente? Si mis ojos no apartan instantáneamente la mirada de la pantalla digital, no es morbo seco o simple, es falta de huida psicológica que Cavarero relaciona directamente a la constelación afectiva del horror y la repugnancia visceral. Más allá del miedo básico y del terror profundo —también éste último muchas veces mencionado por Mbembe para denotar lo que ocasiona la necropolítica— es un horror que no acaba nunca, porque bien puede uno cerrar los ojos momentáneamente o apagar los monitores físicamente, pero el derramamiento de sangre sigue ocurriendo allá afuera, en la realidad cruda.

La Preocupación Ética y la Afirmación de la Vida

La preocupación ética propia recae principalmente en que, en cuanto se activa la espectacularización masiva de los suplicios públicos, todavía brotan hurras de aprobación en algunos sectores. La muerte en sí misma no es el fin último; se busca destruir la unicidad esencial del cuerpo humano dándonos a saber que estamos suspendidos en un hilo delgado; nuestra vulnerabilidad existencial es constantemente demostrada y recordada.

Mi reacción personal es una afectación orgánica corporal directa, un horrorismo que no es para menos ante la brutalidad desatada. Queda pensar urgentemente en el revés conceptual para dejar de afirmar la vida como un simple campo de batalla permanente, pensar a los adolescentes sicarios no como “soldados de barrio” desechables sino como vidas que merecen ser vividas plenamente, prevenir de manera proactiva para que el castigo social no estalle en suplicio público atroz.