La democracia más allá del bostezo: cuando el debate público renace en lo cotidiano
Mencionamos la "democracia" y un bostezo, como el que sigue a una larga cena, se impone casi de inmediato. Sí, es interesante, necesaria, costó vidas aproximarnos a ella, pero el cansancio es inocultable: vámonos a dormir, con o sin ella, mañana hay que trabajar. La hemos repetido tanto en vano que perdió significado; y si nombrarla no provoca bostezos, es parte del instrumental mellado de los discursos políticos, un zumbido molesto como el de un torno de dentista, que mortifica aunque lo oigamos de pasada.
La democracia que sucede sin que la reconozcamos
Sin embargo, existe una versión de la democracia que se va haciendo realidad día con día, a pesar de nuestro desconocimiento: la democracia deliberativa, de la que el teórico Jürgen Habermas es un exponente clave. Según esta visión, la legitimidad de las decisiones políticas no depende solo de formalidades jurídicas o procesos como las elecciones, sino de la calidad del debate público y la participación racional de la ciudadanía. Para Habermas, la democracia debe basarse en una deliberación inclusiva, donde las personas intercambien argumentos en condiciones de igualdad y libertad.
En el ámbito público, hemos sido rehenes de los políticos por tanto tiempo, que subestimamos el valor cotidiano de conceptos que ellos nos han hecho creer son de su propiedad: la democracia y la política, de las que afirman ser los únicos conocedores. Al resto nos toca votar (si queremos), obedecer (más nos vale) y callar (o enfrentar consecuencias).
Consecuencias de arrinconar a la ciudadanía
Una consecuencia objetiva de este alejamiento es que los gobernantes se apropian de las leyes, del erario y de su uso. ¿Cómo se decide que es más importante inyectar dinero a una empresa quebrada como Pemex que comprar medicinas para enfermos? En México, la deliberación democrática al estilo habermasiano no existe; sin ella, se toman decisiones que cuestan vidas, aumentan desigualdades y obstaculizan servicios públicos eficientes.
No obstante, esta democracia deliberativa florece en muchos ámbitos de la vida diaria, aunque no la identifiquemos como tal: es un proceso continuo de discusión y formación de consenso. Seguir las ideas de Habermas no requiere ser experto, tener poder o títulos académicos; solo exige que la discusión sea racional, con orden y método, lo que implica un dominio adecuado del lenguaje y respeto hacia los demás.
Un ejemplo vivo en Valle de Bravo
Hace diez días, en Valle de Bravo, Estado de México, quince personas se congregaron durante dos jornadas para deliberar sin un tema específico. Cada una fue libre de exponer, durante una hora, sobre lo que deseara, iniciando luego un diálogo: quince voces, quince escuchas, quince intercambios de ideas y perplejidades. Al principio, parecía extraño, acostumbrados a que todo apunte a un objetivo claro; preparar una exposición sin saber para qué resultaba exótico.
El grupo no se formó con criterios de edad, profesión, género o residencia (prevaleció la disparidad de género, con más hombres que mujeres). Los organizadores invitaron a quienes consideraron podrían hablar sobre "algo" indefinido, y el orden de participación se sorteó. La experiencia fue extraordinaria: cada intervención se concatenó con la siguiente, y los temas fueron plurales, desde lo íntimo hasta lo social y profesional.
El aprendizaje: cada vida como circunstancia política entera
A más de una semana, se identificó que el eje de lo expuesto fue lo que cada cual hace con y para los demás, con ejemplos buenos y malos, avances y retrocesos. Nadie se mostró víctima de fatalidades; las referencias al clima político solo surgieron cuando este impulsaba la urgencia de actuar en favor de comunidades que padecen violencias.
El aprendizaje clave fue que quien habla y quien escucha conforman la circunstancia política y democrática completa. Cada vida es primordial y contiene al todo que somos, y asumir nuestra responsabilidad por el estado de las cosas es crucial. Sin la voluntad de privilegiar un "nosotros" conscientemente formado por personas iguales y libres, capaces de deliberar sin prejuicios, seguiremos dejando lo común en manos de quienes se arrogaron el sentido de la política y la democracia solo para medrar codiciosamente, degradando no solo la calidad de vida, sino también la dignidad de la gente.