La impunidad en México: un problema que crece
Hoy en día, los mexicanos hablamos mucho de la impunidad. Hace apenas 30 años eso no era un tema ni de la sobremesa ni de la academia ni de la noticia. Tan sólo era un tema de la política de gobierno y hoy pareciera que no lo es. Para los que no saben lo que es la impunidad, ella los inquieta y los asusta. Para los que sí sabemos, ella nos indigna y nos encabrona. Me permito este áspero lenguaje con un legítimo derecho porque tres sexenios estuve encargado del asunto y, con mi eficiente equipo, pudimos dejar los mejores niveles de la historia mexicana.
Baste decir que no quedó un solo homicidio sin resolver y sin castigar. Además, no tuvimos reclamo alguno ni de los culpables ni de las víctimas ni de los colectivos ni de la academia ni de los ombudsman ni de los juristas ni de los comunicadores ni de la opinión pública ni de mis presidenciales jefes. Hoy, estamos en el peor nivel de la historia de México y del mundo. Los datos oficiales nos dicen que 98% de los delitos no se castiga.
Tres tipos de impunidad
Hay tres tipos de impunidad. La primera sería una no intencional. Puede provenir de una carencia total. No hay leyes ni instituciones ni presupuestos ni equipamiento ni tecnología ni capacitación. Así, el gobierno no puede hacer nada o hace muy poco y puede llegar hasta una especie de dolo eventual que implica una culpabilidad mayor.
La segunda sería una impunidad fortuita. Se debe a una criminalidad y carga inimaginable por magnitud, por innovación, por poder, por fuerza, por miedo, por engaño o por astucia.
La tercera sería una impunidad intencional. Ésta es gravísima. Se debe a la corrupción, a la coalición, a la complicidad, a la connivencia o a la autoría. Es la forma más culpable de impunidad, donde el gobierno puede ser desde un alcahuete hasta un capo superior. Desde el que consiente hasta el que dirige. ¡Vamos!, que el gobernante sea el dueño de la empresa criminal.
Las consecuencias de la impunidad
En cualquiera de los casos se trata de un cratoma y de una metástasis. Es el gobierno que no investiga ni castiga para que no lo investiguen ni lo castiguen. El gobierno que tolera a los criminales ajenos para perdonar a los criminales propios. Así ha sucedido en muchas épocas y en muchas latitudes.
Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley, porque el poder político proviene de la potestad jurídica. Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa del gobernante, porque la vigencia jurídica proviene de la regencia política. Como quiera que sea, es muy duro decirlo, pero el gobernante que no puede ni siquiera hacer cumplir sus propias leyes está más que perdido.
El genoma de la impunidad
El genoma de la impunidad es trifásico y está compuesto por tres cromosomas. Esto no lo estoy inventando yo, sino que lo descubrieron y lo bautizaron los griegos hace casi 4 mil años. Se integra con la ley o mandante, con el poder o mandatario y con el castigo o mandato. Los helenos lo identificaron con tres deidades que fueron Themis, Kratos y Némesis. La mitología fue inteligencia artificial y tecnología de punta. No eran imágenes reales, sino virtuales, ni eran invento del pasado, sino del futuro.
Cuando se dan los tres cromosomas nos encontramos en presencia del estado perfecto de legalidad, donde la ley es inteligente y no estúpida, donde responde a la necesidad social y no complace a la clientela electoral, donde es sabiduría y no ocurrencia. Donde el gobierno es eficiente, inteligente y decente. Y donde el castigo es el necesario y el civilizado.
Pero, por el contrario, si no hay gobierno se llama impotencia. Si no hay ley se llama insuficiencia. Si no hay castigo se llama ineficiencia. Pero peor si no hay dos del genoma. Si sólo hay poder se llama dictadura. Si sólo hay ley se llama quimera. Y si sólo hay castigo se llama linchamiento. Y lo peor es cuando se carece de los tres. ¡Cuidado, México, …mucho cuidado!



