México ha demostrado una notable capacidad para absorber choques —tensión comercial, incertidumbre arancelaria y una contracción prolongada de la inversión— sin perder estabilidad. Pero esa misma economía que resiste tan bien no logra acelerar. Entender por qué ambas cosas conviven al mismo tiempo es, probablemente, la clave para leer el segundo semestre.
Los amortiguadores que sostienen a México
Lo que hoy sostiene a México es un conjunto de soportes estables, no de fuentes de impulso. El consumo descansa sobre salarios reales que siguen creciendo y un mercado laboral que, en términos agregados, resiste. La ventaja arancelaria frente a otros socios comerciales de Estados Unidos mantiene las exportaciones en niveles históricamente altos. A ello se suma la estabilidad macroeconómica: un tipo de cambio fuerte, expectativas de inflación contenidas y unas finanzas públicas en proceso de consolidación conforman un escudo que mantiene a México como una economía atractiva frente a otros mercados.
Sin embargo, cada uno de esos amortiguadores tiene matices. El consumo agregado esconde un crédito con mayor morosidad y remesas que disminuyen en volumen. Las exportaciones crecen más rápido que la producción manufacturera, una señal de que aumenta su contenido importado: cada dólar exportado deja hoy menos valor agregado interno que antes. Y la ventaja arancelaria, al depender del contexto externo y no de una construcción interna, permite defender participación en un mercado que no crece pero no genera producción adicional. Los amortiguadores absorben golpes, ninguno impulsa el crecimiento.
Un corredor productivo, no un generador de valor
México opera como un corredor productivo de alta eficiencia. La mercancía fluye, el diferencial arancelario la protege y la integración con la cadena de suministro norteamericana funciona con precisión. Pero un corredor, por definición, es un lugar por donde las cosas circulan, no donde permanecen. El valor atraviesa la economía mexicana más de lo que se acumula en ella. Esa distinción aparece, una y otra vez, en los datos de inversión.
El segundo trimestre lucirá razonable en los registros estadísticos, pero buena parte de su solidez es prestada. El rebote de abril dejó un efecto de arrastre que prácticamente asegura la contribución de la industria al trimestre, aun considerando la caída observada en mayo. Y el Mundial, que prometía un impulso extraordinario, terminó redistribuyendo actividad más que generándola. El tráfico internacional creció con fuerza en las ciudades sede, mientras los destinos tradicionales de playa registraron caídas de magnitud similar. Las propias cámaras del sector reportan, además, que el consumo asociado al torneo fue mayoritariamente local: gasto reasignado dentro de la misma canasta, no una inyección de demanda externa. La huella del torneo sobre el PIB anual probablemente se medirá apenas en décimas.
Los motores apagados: inversión y obra pública
La pregunta para el segundo semestre es si algo relevará a los amortiguadores. Los candidatos naturales ofrecen señales mixtas. La inversión extranjera, que alcanza niveles récord, está compuesta casi en su totalidad por reinversión de utilidades —capital que permanece en el país, pero que todavía no se compromete—. La diferencia es relevante porque la reinversión mantiene operaciones, el capital nuevo construye plantas. La obra pública, que sostuvo a la construcción en años recientes, comienza a replegarse como parte del proceso de consolidación fiscal, justo cuando la edificación privada aún no toma la estafeta.
En manufactura, el entorno comercial abrió, al menos en teoría, una doble oportunidad para sustituir oferta asiática, tanto en el mercado estadounidense como en el propio mercado mexicano. Sin embargo, los datos de producción muestran que esa sustitución aún no ocurre. Sectores que deberían capturar esa oportunidad —como textiles, vestido, cuero y muebles, entre otros— registran caídas profundas, presionados por una oferta asiática redirigida que la fortaleza del peso mantiene competitiva, incluso después de los nuevos aranceles. La ventana existe. La capacidad instalada para aprovecharla, todavía no.
El catalizador del T-MEC y las restricciones internas
Los amortiguadores compran tiempo, el cual puede traer el catalizador. El capital estacionado en forma de reinversión de utilidades también es capital que decidió quedarse. Una resolución favorable de la revisión del T-MEC podría convertir esa permanencia en compromiso. El problema es que esa posibilidad depende, en buena medida, de decisiones que México no controla. Al mismo tiempo, enfrenta restricciones que sí le son propias: energía, agua y parques industriales operando cerca de su límite.
La pregunta para el segundo semestre es si México será capaz de activar un nuevo motor de crecimiento. La capacidad de resistencia está demostrada. El crecimiento, en cambio, sigue pendiente de demostración. Los amortiguadores se desgastan con el uso. Ningún país ha logrado crecer de manera sostenida únicamente porque aprendió a resistir.
Pamela Díaz Loubet, economista en jefe en BNP Paribas México, señala: "El capital estacionado en forma de reinversión de utilidades también es capital que decidió quedarse. Una resolución favorable de la revisión del T-MEC podría convertir esa permanencia en compromiso."



