Sheinbaum, la estadista silenciosa que llena el vacío global
Sheinbaum, la estadista que llena el vacío global

La final del Mundial de 2026 en el MetLife Stadium dejó una lección de poder que trascendió el deporte. En el palco de autoridades, Donald Trump fue abucheado al salir a entregar el trofeo; Mark Carney, primer ministro de Canadá, pasó casi inadvertido; y Claudia Sheinbaum, presidenta de México, entregó el Balón de Oro al español Rodri con la naturalidad de quien no necesita reafirmar su lugar. Mientras Trump repartía medallas junto a Gianni Infantino y Carney colgaba el Guante de Oro a Unai Simón, Sheinbaum proyectó una autoridad que, paradójicamente, la hacía parecer la verdadera estadista de la ceremonia, incluso al lado del rey Felipe VI de España.

Poder blando en contraste con el ruido

Es necesario distinguir entre poder y protagonismo. Trump buscó relevancia con una ansiedad que el estadio castigó con abucheos. Sheinbaum, en cambio, habló poco y ocupó más espacio simbólico. Esa es la esencia del concepto de “poder blando” acuñado por Joseph Nye: la capacidad de atraer sin imponer. En un escenario diseñado para el espectáculo, la sobriedad se interpretó como estatura. No es un hecho aislado. En sus contadas salidas al extranjero —como el G20 en Brasil o la gira científica a Barcelona—, la presidenta, con doctorado y experiencia en el panel climático de la ONU (IPCC), suele destacar por un registro lúcido y sin estridencias. En un teatro de líderes que gritan, la mesura se confunde con gravedad y llama la atención.

El interregno global: un vacío que espera ocupante

Vivimos lo que Antonio Gramsci llamó un interregno: el viejo orden que no acaba de morir y el nuevo que no acaba de nacer. En ese claroscuro asoman los monstruos. Los iconos políticos del momento son de derecha o extrema derecha: Trump, Javier Milei, Giorgia Meloni, Nayib Bukele, los ultranacionalistas europeos. Historiadores como Enzo Traverso, con su concepto de “posfascismo”, o Federico Finchelstein, que rastrea la genealogía del populismo autoritario, describen un mundo donde la derecha fija los términos. Politólogos como Steven Levitsky y Daniel Ziblatt advierten cuán rápido mueren las democracias cuando nadie disputa ese relato. Lula da Silva ronda los 80 años. La izquierda global carece de un referente claro. Ese vacío es una forma de poder que espera ser ocupado.

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Sheinbaum: la materia prima para el liderazgo

Claudia Sheinbaum cuenta con la materia prima para llenar ese vacío: una aprobación cercana al 70%, el gobierno de una de las mayores economías de América Latina, credibilidad científica como miembro del IPCC y un estilo que viaja bien. En un mundo hambriento de una figura progresista seria, una presidenta lúcida de la izquierda mexicana se convierte casi automáticamente en un referente. Además, la crisis climática le otorga una causa que casi nadie más puede personificar con esa autoridad técnica. La final del Mundial solo hizo visible lo latente: mientras a Trump lo abucheaban, a ella la aplaudían.

Oportunidad y riesgo en la misma puerta

Pero una oportunidad no es un destino, y una foto no es una doctrina. El liderazgo global se construye, no se hereda del contraste con un rival abucheado. Exige una visión de política exterior, una presencia sostenida —que choca con el instinto de Sheinbaum de gobernar puertas adentro, pues casi no sale de México— y un cálculo delicado. Asumirse como “líder de la izquierda mundial” podría entregarle a Trump el villano que su épica necesita, justo cuando México requiere margen en la relación bilateral. Ser referente global cuesta capital político en casa, y México no la eligió para salvar a la izquierda del mundo, sino para gobernar. Conciliar ambas cosas es el verdadero examen.

La ventana de la historia

Aun así, las ventanas de la historia no esperan. El mundo no pide otro hombre fuerte que grite; echa de menos una voz progresista, seria y creíble, y pocos hoy tienen el perfil para encarnarla. Sheinbaum puede quedarse como la excelente administradora doméstica que ya es, o decidir que ese vacío tiene una dirección. En la final del Mundial, sin decir gran cosa, mostró que conoce el camino. La pregunta es si quiere recorrerlo.

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