El T-MEC no se rompió, pero perdió el horizonte
El T-MEC no se rompió. Ese sería un diagnóstico apresurado. Lo que sí ocurrió es quizá más delicado para los mercados; el T-MEC perdió el horizonte… el rumbo. La decisión de Estados Unidos de no renovar el acuerdo en sus términos actuales no cancela de inmediato el tratado ni detiene el comercio entre México, Estados Unidos y Canadá. La maquinaria sigue funcionando. Los camiones cruzan, las plantas producen, los contratos se cumplen y las cadenas de suministro continúan operando, sí. Pero la inversión calculará milimétricamente, y a partir de ya, qué tan confiables serán las reglas dentro de los próximos 10 años.
La integración norteamericana: más de tres décadas de construcción
Norteamérica construyó durante más de tres décadas una arquitectura productiva que no puede entenderse desde la lógica de una frontera. Un automóvil, un equipo médico, una pieza aeroespacial o un componente electrónico pueden cruzar varias veces entre México, Estados Unidos y Canadá antes de convertirse en producto final. Esa integración no nació de un discurso político… nació de costos, eficiencia, ubicación, reglas compartidas y decisiones empresariales tomadas bajo la certidumbre que ofrecía la región. Cuando esa certidumbre se vuelve negociable año con año (como Trump lo dicta), el costo económico se ve afectado dramáticamente, aunque el tratado siga vigente.
La incertidumbre como freno a la inversión
Los mercados no necesitan que un acuerdo desaparezca para empezar a ajustar sus decisiones. Basta con que el futuro se vuelva menos predecible, opaco. Un proyecto industrial no se decide con una mirada de 12 meses. Una planta automotriz, un centro logístico o una inversión en manufactura avanzada requiere horizontes largos, financiamiento estable, proveedores confiables y reglas que permitan calcular retornos. Si el marco comercial se revisa constantemente, y bajo presión política, el inversionista no necesariamente se va, pero exige mayor premio por quedarse. Hay que tomarlo en cuenta. Y eso significa mayor costo de capital, retraso de proyectos y decisiones más cautelosas.
La paradoja del T-MEC: éxito y amenaza
La paradoja es evidente. El T-MEC ha funcionado. Puede discutirse si ha beneficiado más a un país que a otro, si las reglas de origen deben ajustarse o si existen sectores donde Estados Unidos quiere endurecer condiciones. Todo eso forma parte de una negociación normal. Lo que no puede ignorarse es que el tratado permitió construir una de las regiones productivas más importantes del mundo. Los números son fríos, pero la economía que sostienen es profundamente real: empleo, inversión, exportaciones, importaciones, logística, crédito, proveedores y consumo.
Trump y su estilo de negociación
Donald Trump quiere más (eso no debería sorprender a nadie). Su estilo de negociación consiste en presionar, elevar el costo político del desacuerdo y colocar la incertidumbre como instrumento de fuerza. Pero una cosa es utilizar la amenaza como herramienta negociadora y otra muy distinta es olvidar que la economía estadounidense también depende de esa integración. México llega a esta discusión con riesgos, pero no sin cartas. Tiene geografía, capacidad manufacturera, cercanía con el mayor mercado del mundo, una red de proveedores difícil de reemplazar y una comunidad mexicana en Estados Unidos que participa de manera directa en sectores estratégicos de esa economía. Además, la presión inflacionaria estadounidense vuelve más costoso cualquier movimiento que encarezca importaciones, insumos o bienes finales. En política comercial, la amenaza puede sonar fuerte; en economía, la factura siempre aparece.
La respuesta de México: sin pánico ni complacencia
Por eso la respuesta de México no debe construirse desde el pánico ni desde la complacencia. El país necesita defender el carácter trilateral del acuerdo, pero también debe prepararse para una negociación más dura, más sectorial y más condicionada por la política interna estadounidense. La revisión del T-MEC ya no será únicamente comercial. Será industrial, energética, laboral, migratoria, de seguridad y geopolítica. ¿México puede sobrevivir sin una renovación automática? Puede hacerlo. Pero la pregunta más importante es, ¿cuánto crecimiento, inversión y capacidad de planeación perdería si el principal acuerdo económico de la región queda sometido a incertidumbre permanente? Esa es la discusión de fondo.
Conclusión: el T-MEC sigue vivo, pero la certidumbre está en terapia intensiva
México no debe negociar como si el tratado fuera un favor. Tampoco debe asumir que su posición está garantizada. El país necesita llegar con datos, estrategia, alianzas empresariales y claridad sobre los sectores donde su integración es indispensable para la competitividad de toda Norteamérica. El T-MEC sigue vivo… pero si la certidumbre está en terapia intensiva, ya ha comenzado a cobrar factura.
Manuel Herrejón Suárez es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.



