La derrota silenciosa que no aparece en las actas electorales
Existen derrotas que no se registran en las actas electorales ni se proclaman en discursos triunfalistas. No se anuncian con cifras oficiales ni se celebran en plazas públicas. Son derrotas silenciosas, pero profundamente devastadoras, que ocurren en el terreno donde realmente se juegan las cosas importantes: la moral pública y la legitimidad política. Cuando una fuerza política pierde en este ámbito esencial, puede conservar el poder formal, pero ya no conserva la razón ni la autoridad moral para ejercerlo. Esta es, hoy, la derrota fundamental de Morena.
La incongruencia que diluye la esperanza colectiva
Nada resulta más decepcionante que un movimiento político que se proclamó regenerador de la vida nacional y terminó reproduciendo, e incluso profundizando en muchos casos, los mismos vicios que juró erradicar. Morena llegó a la vida pública mexicana con una promesa ética que antecedía a su proyecto político: acabar con la corrupción sistémica, desterrar el cinismo del poder y devolverle dignidad a la vida pública. Hoy, esa promesa fundacional yace completamente traicionada. No por errores aislados o desviaciones puntuales, sino por una deriva sistemática que ha permeado todas sus estructuras.
Los símbolos degradados que envían mensajes inequívocos
Los símbolos importan profundamente en la política, y cuando estos se degradan, el mensaje que transmiten es absolutamente claro:
- Un presidente de la Suprema Corte de Justicia aparentemente más preocupado por el lustre de sus zapatos que por la dignidad laboral de las y los trabajadores del Poder Judicial.
- Un presidente municipal de Tequila, postulado precisamente por Morena para "servir al pueblo", detenido por su presunta pertenencia al crimen organizado.
- Un sistema de salud nacional colapsado, incapaz de contener brotes epidemiológicos que creíamos superados, como el sarampión, que ya ha cobrado vidas inocentes —entre ellas, las de bebés— en un país que alguna vez se enorgulleció de su política nacional de vacunación.
Estos no son meros incidentes aislados o anécdotas políticas. Son señales profundamente preocupantes de un deterioro institucional y ético que afecta a millones de mexicanos.
La acción tardía contra el crimen que no limpia responsabilidades
En este contexto complejo, el probable abatimiento de Rubén Nemesio Oseguera, conocido como El Mencho, ha sido presentado por algunos sectores como una suerte de redención tardía del Estado mexicano. Sin embargo, conviene decirlo con absoluta claridad: la caída de un capo del narcotráfico no limpia automáticamente las sospechas ni borra las culpas de quienes permitieron que el crimen organizado se incrustara profundamente en las estructuras del poder político. No absuelve a los funcionarios coludidos, ni a los gobiernos omisos, ni a los políticos que miraron deliberadamente hacia otro lado mientras el narcotráfico se convertía en un poder territorial, económico y político de enormes dimensiones.
Un golpe puntual contra el crimen organizado no desmantela, por sí solo, lo que muchos analistas ya denominan un narcogobierno cuando éste ha echado raíces profundas en las instituciones. Las preguntas que surgen son inevitables y necesarias:
- ¿Por qué hasta ahora se actúa con determinación contra el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) cuando Morena lleva más de siete años consecutivos en el poder federal?
- ¿Dónde estuvieron realmente las instituciones de seguridad y justicia durante todo este tiempo de aparente inacción?
- ¿Y qué sucede con los demás grupos criminales que operan con impunidad en diversas regiones del país?
La acción selectiva, tardía y sin una rendición de cuentas transparente no construye justicia duradera: por el contrario, alimenta la desconfianza ciudadana y socava la credibilidad institucional. El Estado mexicano no puede pretender ejercer autoridad moral cuando sus propias estructuras han sido permeadas y comprometidas.
El tríptico fundacional convertido en sentencia condenatoria
El tríptico fundacional de Morena —no robar, no mentir, no traicionar— se ha convertido paradójicamente en su sentencia más condenatoria. Han robado: han sido protagonistas centrales de lo que ya muchos especialistas denominan el robo del siglo, el huachicol fiscal, una maquinaria de corrupción institucionalizada que ha drenado cientos de miles de millones de pesos del erario público nacional. Han mentido: lo han hecho de manera cotidiana y sistemática, desde tribunas oficiales convertidas en escenarios de propaganda gubernamental, durante más de siete años consecutivos. Han traicionado: han traicionado su palabra original, su causa fundacional y, sobre todo, a la ciudadanía mexicana que depositó su confianza en ellos.
La reorganización de la corrupción y la normalización del crimen
La corrupción no fue erradicada como se prometió; fue reorganizada y sofisticada. El crimen organizado no fue derrotado como se anunció; fue normalizado e integrado en muchas regiones del país. En demasiados territorios mexicanos, los gobiernos locales se han convertido en nodos funcionales de economías criminales que operan con impunidad alarmante. La frontera entre autoridad legítima y delincuencia organizada se volvió difusa, conveniente para algunos, y profundamente peligrosa para la sociedad en su conjunto.
La evasión de responsabilidades y la imposibilidad de coartadas históricas
Ante esta realidad incómoda pero innegable, los defensores del régimen recurren sistemáticamente a la evasión de responsabilidades: culpar al pasado histórico, a los adversarios políticos, a enemigos abstractos o incluso a civilizaciones desaparecidas. Todo estrategia discursiva es válida, menos asumir la responsabilidad concreta del presente que se gobierna. Sin embargo, el ejercicio del poder político no admite coartadas históricas ni justificaciones evasivas. Gobernar es fundamentalmente hacerse cargo. Y cuando no se asume esta responsabilidad básica, la derrota resultante es moral antes que política, ética antes que electoral.
La lección más dura y liberadora: nadie vendrá a salvarnos
La historia nacional, sin embargo, no se detiene ante estas derrotas morales. Por el contrario, estas derrotas obligan necesariamente a la reflexión colectiva profunda. Nos fuerzan como sociedad a mirarnos al espejo y a preguntarnos por la calidad de nuestras decisiones políticas, por el valor real de nuestro voto ciudadano, por el costo elevado de nuestro silencio cómplice. Muchos mexicanos queríamos genuinamente un cambio transformador. El hartazgo social era real y justificado: corrupción generalizada, pobreza estructural, impunidad rampante, violencia creciente. El error fundamental no fue desear este cambio. El error fue creer que podía comprarse al precio de entregar la crítica constructiva, la vigilancia ciudadana y los contrapesos institucionales.
Nadie vendrá mágicamente a salvarnos. Esta es la lección más dura y, al mismo tiempo, la más liberadora que debemos aprender como sociedad democrática. No existen redentores políticos ni atajos éticos en la construcción de una nación. Solo existe la ciudadanía activa, las instituciones que deben ser defendidas y reconstruidas constantemente, y una democracia que no se hereda pasivamente, sino que se trabaja y se ejerce día a día. Como ciudadano demócrata lo afirmo sin ninguna duda: la derrota moral de Morena no es el final de nuestra historia nacional. Puede ser, si así lo decidimos colectivamente, el inicio de una etapa política más adulta, más exigente consigo misma y menos ingenua: una verdadera evolución nacional hacia la accountability y la integridad pública.