La promesa de normalidad en Jalisco choca con una realidad violenta
En Jalisco, las autoridades estatales y federales insisten en abogar por un retorno a la normalidad, hablando como si la reanudación de las rutinas cotidianas estuviera a la vuelta de la esquina. Sin embargo, surge una pregunta crucial: ¿cuál es la normalidad que añora el gobierno estatal, y que también parece promoverse desde la administración federal? Desde el domingo, el discurso oficial ha entrado en un marcado contraste con los hechos sobre el terreno, revelando una brecha preocupante entre las declaraciones y la realidad.
El contraste entre el mensaje oficial y los hechos
Un ejemplo ilustrativo de esta desconexión ocurrió el 22 de febrero. A las 12:47 pm, el Gabinete de Seguridad publicó en la red social X un mensaje afirmando: "Los aeropuertos de Jalisco operan con normalidad. Los pasajeros están tomando sus vuelos conforme a lo programado y no se registra ningún evento relevante en las instalaciones". Para cuando ese tuit fue publicado, ya llevaban dos horas circulando videos que mostraban la carretera a Chapala, una vía clave de acceso y salida del aeropuerto, bloqueada por la reacción violenta de narcotraficantes. Es imposible que el gobierno federal ignorara tanto el bloqueo como la evidencia visual que rápidamente se viralizó.
Lo que siguió fue una serie de cancelaciones de vuelos en el Aeropuerto Internacional Miguel Hidalgo, que persistieron durante gran parte del lunes. A pesar de esto, en la mañanera presidencial se insistió en que solo en el aeropuerto de Vallarta "algunos vuelos de manera preventiva" habían sido cancelados "por las propias aerolíneas". La realidad, sin embargo, fue muy diferente: la Zona Metropolitana de Guadalajara, una urbe de seis millones de personas, quedó prácticamente paralizada. Las actividades en fábricas y comercios se redujeron al mínimo, el transporte público fue diezmado y el aeropuerto se vio severamente afectado. Incluso hasta el martes, muchas personas que habían quedado varadas en Jalisco o fuera del estado apenas pudieron retomar viajes previstos para el domingo.
La normalidad previa: una convivencia con el narco
El tsunami de videos que mostró un centenar de bloqueos en Jalisco no fue más que una demostración de la capacidad de reacción del cártel golpeado tras la muerte de su líder. Ese despliegue logístico y esa exhibición de dominio territorial no entraron en agonía el domingo; por el contrario, representaban la normalidad que existía antes del 22 de febrero. Jalisco lleva décadas de convivencia con narcotraficantes, unos más poderosos y sanguinarios que otros, pero todos igual de corruptores. Esta normalidad incluía, entre otras cosas, el asesinato del presidente municipal de Uruapan en noviembre pasado.
¿Acaso eso no ocurre en Jalisco? La idea de divisiones territoriales que no significan nada para los delincuentes es una ilusión peligrosa. Esa normalidad imponía o removía alcaldes en varios estados, y en lugares como la central camionera de la Zona Metropolitana de Guadalajara o en ranchos como el Izaguirre en Teuchitlán—que lleva casi un año sin avances en justicia y verdad—, la trayectoria de jóvenes en busca de trabajo se perdía sin remedio. El hoyo negro que devora la juventud en Jalisco ha sido, por desgracia, lo normal. ¿Es eso lo que se añora?
Corrupción y costos humanos: lo que no debe normalizarse
Hace un mes, el alcalde de Tequila y sus principales colaboradores fueron detenidos, acusados de nexos con el grupo de Oseguera. Sin embargo, fue sustituido por alguien que festejaba con narcocorridos al Mencho, un hecho que pasó como "todo bien normal". Esta dinámica persiste. El domingo, como parte de la reacción criminal, hubo un evento que no debería considerarse normal: casi treinta elementos de la Guardia Nacional y el Ejército perdieron la vida. No hay que perder de vista ese alto costo para las fuerzas del orden, ni normalizar que mueran quienes defienden a la sociedad.
Al mismo tiempo, es imperativo demandar a los gobiernos que traten a los ciudadanos como adultos, es decir, como personas con derechos. No se puede afirmar que la circulación ya era normal la mañana del martes en las carreteras de Jalisco cuando múltiples vehículos seguían sin ser retirados. Parte de la normalidad de antes incluía minimizar, desde los gobiernos, la deuda con las familias de los desaparecidos—en Jalisco, estas suman más de quince mil. El golpe al cártel Nueva Generación obliga a abrir un proceso en busca de verdad y justicia para esas víctimas.
La oportunidad de construir una nueva normalidad
En muchos poblados de Jalisco y estados vecinos, desde el domingo surge la duda de si la caída del narcotraficante capturado en Tapalpa será aprovechada por los gobiernos para liberar a las comunidades de la extorsión y crear una nueva normalidad sin el yugo de este u otro grupo criminal. Si se desperdicia esta coyuntura eludiendo la obligación de sanear y fortalecer policías y fiscalías, o si se renuncia a depurar alcaldías para arrebatar posiciones al cártel, entonces, en cosa de nada, volveremos a la normalidad que nos condena a ser presas de extorsión y narcobloqueos. La pregunta no es solo a cuál normalidad queremos volver, sino mejor dicho, cuál estamos dispuestos a construir, dejando atrás una mentirosa nostalgia que oculta décadas de violencia y corrupción.