El filtro de entrada a la tecnología en México se endurece en la era de la inteligencia artificial
Filtro de entrada a tecnología en México se endurece con IA

Para muchos jóvenes en México, el problema no es encontrar trabajo, sino acceder a la primera oportunidad. En la industria tecnológica, ese acceso inicial, frecuentemente una pasantía, no solo evalúa habilidades, sino que también reproduce desigualdades de origen y condiciona quién logra incorporarse a uno de los pocos sectores que aún prometen movilidad social.

La primera oportunidad como mecanismo de selección

El caso de Aaron Araiza ilustra ese punto de partida. Al egresar de la universidad, envió decenas de solicitudes a posiciones iniciales sin obtener respuesta. Sin experiencia previa, quedó fuera de un mercado que, incluso en sus niveles más básicos, exige trayectorias ya iniciadas. La primera oportunidad deja así de ser una etapa formativa y se convierte en un mecanismo de selección.

El fenómeno no es exclusivo de México. En economías como la estadounidense, la competencia por pasantías también se ha intensificado, y muchas posiciones de entrada están siendo ocupadas por perfiles con mayor experiencia. Pero en el contexto mexicano, donde el acceso está más condicionado por el origen social, el efecto resulta más excluyente.

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Desigualdad en el punto de partida

Millones de jóvenes crecen sin redes de contacto, sin acceso a información estratégica y con una exposición limitada a los códigos del entorno corporativo. La tecnología aparece como una promesa de movilidad, aunque su acceso esté mediado por condiciones previas. Ingresar a este sector no implica únicamente mejorar el ingreso; para muchos representa un cambio de trayectoria: salir de la precariedad hacia una mayor estabilidad.

Ese tránsito rara vez comienza con un contrato formal. Suele iniciarse antes, en espacios de formación o prácticas que funcionan como puertas de entrada. La brecha es tangible: en un país donde el salario mínimo ronda los 278 pesos diarios (unos 16 dólares), una pasantía en tecnología puede acercarse a los mil dólares mensuales. Más allá de la diferencia salarial, se trata de una línea que separa a quienes logran integrarse a círculos laborales más dinámicos de quienes permanecen al margen.

La trayectoria de Araiza también muestra cómo ciertos recursos pueden inclinar esa balanza. Durante su formación, un maestro identificó sus habilidades en matemáticas y lo recomendó para un programa en Dallas, Texas. Su historia, atravesada por la migración, le permitió crecer entre dos sistemas educativos, dejando ventajas acumulativas: dominio del inglés, exposición a otros modelos de enseñanza y familiaridad con entornos profesionales diversos. Factores que, aunque difíciles de cuantificar, operan como facilitadores de acceso.

Tras varios intentos fallidos, Araiza reorientó su búsqueda. A partir de habilidades en programación, logró incorporarse a una firma de consultoría tecnológica. Años después, fue contactado por un reclutador y hoy trabaja en Salesforce, una de las principales empresas del sector. Sin embargo, su experiencia no es representativa. Para la mayoría, el ingreso a la tecnología no ocurre como una transición lineal, sino como un proceso marcado por rechazos sucesivos.

Formación a la exclusión

La trayectoria de Michelle Linares refleja otro tipo de desplazamiento. Formada en ingeniería química en la UNAM, se enfrentó a un mercado laboral con bajos salarios y escasas oportunidades de crecimiento. Su acercamiento a la tecnología no respondió a una vocación inicial, sino a la búsqueda de alternativas. Mediante formación intensiva y aprendizaje autodidacta, inició un proceso de reconversión profesional. Sin embargo, el principal obstáculo se mantuvo: la falta de experiencia previa. Las respuestas en procesos de selección eran recurrentes: las posiciones de entrada exigían trayectorias que, en la práctica, solo podían adquirirse dentro del propio sector.

Actualmente participa en un programa de inserción laboral temprana, donde por primera vez identifica una trayectoria posible. Su caso da cuenta de una tendencia más amplia: jóvenes que migran hacia la tecnología no por afinidad inicial, sino por la falta de opciones en sus campos de origen. En ese tránsito, los programas de formación y las pasantías funcionan como puentes. Sin embargo, no todos logran acceder a ellos.

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En los últimos años han surgido iniciativas como Generation México que buscan reducir estas brechas. Programas de formación intensiva combinan habilidades técnicas con competencias laborales, facilitando la transición hacia empleos formales. Más que capacitación, ofrecen acceso a redes y a códigos que suelen quedar fuera de la educación tradicional. El contraste con otros entornos es evidente: instituciones privadas como la Universidad Iberoamericana cuentan con estructuras de empleabilidad, convenios con empresas y acompañamiento institucional que facilitan la inserción. Ese respaldo también actúa como un mecanismo diferenciador en el acceso.

Sesgo invisible

El acceso a la primera oportunidad está atravesado por variables que van más allá del desempeño académico. Una investigación del académico Luis Mata, de la UNAM, ha documentado que egresados de universidades privadas tienen mayores probabilidades de acceder a pasantías y programas de entrada. Factores como el dominio del inglés, las redes de contacto o la familiaridad con entornos corporativos inciden de forma directa en las posibilidades de inserción.

El idioma constituye una de las barreras más visibles. En un sector globalizado, donde gran parte de la información técnica y la comunicación profesional se desarrolla en inglés, su dominio se vuelve un requisito implícito. Solo una minoría de mexicanos puede comunicarse eficazmente en inglés. El efecto es acumulativo: sin acceso a una primera experiencia, no se construye trayectoria; sin trayectoria, las oportunidades iniciales permanecen fuera de alcance.

José Enrique Villarreal lo vivió de forma directa. Al salir de la universidad, no encontró oportunidades estables. Terminó trabajando en la Comisión Federal de Electricidad en condiciones precarias. Durante años encadenó trabajos temporales. “¿Cómo planeas una vida así?”, se pregunta. El cambio llegó tras un episodio de agotamiento extremo y su insistencia en migrar a la tecnología. En tres meses de formación intensiva consiguió habilidades prácticas y, antes de terminar, una oferta laboral. “Esto me tomó casi diez años. Lo que alguien con más acceso logra a los 22, a nosotros nos toma una década”.

La transformación de la entrada en la era de la inteligencia artificial

Si el principal obstáculo ha sido históricamente el acceso a la primera oportunidad, la expansión de la inteligencia artificial introduce una transformación adicional: modifica los propios puntos de entrada. Muchas de las tareas asociadas a posiciones iniciales (análisis básicos, soporte o desarrollo de código simple) son precisamente aquellas con mayor potencial de automatización. Si estos espacios se reducen o se transforman, también lo hace el lugar donde tradicionalmente se adquiere experiencia.

La consecuencia no es necesariamente la desaparición de oportunidades, sino su reconfiguración. El acceso comienza a depender no solo de conocimientos técnicos básicos, sino de la capacidad de interactuar con estas tecnologías y adaptarse a entornos en cambio constante. En ese escenario, la barrera de entrada no desaparece; se desplaza hacia nuevas exigencias, que siguen estando condicionadas por el acceso previo a formación, redes y recursos.

La tecnología continúa proyectándose como una vía de movilidad. Pero su promesa no es universal. El acceso a ella sigue dependiendo, en gran medida, del punto de partida, pero no todos parten del mismo lugar.

Este texto fue realizado en el marco del curso Futuro en Construcción, una iniciativa conjunta de Factual y el Banco Mundial, orientada a identificar y narrar historias sobre empleo juvenil e inclusión laboral en América Latina y el Caribe desde un enfoque de periodismo constructivo.