En un artículo publicado en Excelsior, Santiago García Álvarez sostiene que la universidad es un antídoto indispensable contra la inmediatez que caracteriza a nuestra época. El académico mexicano observa que la aceleración tecnológica ha generado una cultura en la que la velocidad se confunde con eficiencia y la brevedad con profundidad.
Para él, la inmediatez no es solo una característica de las nuevas generaciones; es una condición sistémica que afecta a todos los ámbitos de la vida. Sin embargo, es en la educación donde sus efectos son más nocivos, porque impiden el desarrollo del pensamiento crítico y la creatividad.
La tiranía de la respuesta rápida
El columnista señala que plataformas como redes sociales y buscadores hacen que cualquier duda pueda resolverse en segundos. Pero esta facilidad tiene un costo: la tolerancia a la frustración disminuye y se abandona la necesidad de elaborar respuestas propias. La universidad, en cambio, exige que el estudiante construya sus conocimientos a partir de lecturas, discusiones y trabajo personal.
García Álvarez advierte que los jóvenes llegan a las aulas con la expectativa de obtener manuales y resúmenes, y rechazan los textos extensos. No obstante, la comprensión real de cualquier disciplina requiere detenerse en los detalles, contextualizar los datos y reconocer la complejidad del mundo.
Aprendizaje profundo vs. entretenimiento
Una de las preocupaciones centrales del texto es la confusión entre conocimiento y entretenimiento. El autor de la columna explica que muchas instituciones han caído en la tentación de hacer de las clases espectáculos, con lo cual se privilegia la emoción por encima de la reflexión. Este enfoque, lejos de formar estudiantes autónomos, los vuelve dependientes de estímulos externos.
La universidad, por el contrario, debe ser un espacio de incomodidad intelectual, donde se aprende a sostener la duda y a tolerar la incertidumbre. En ese proceso, los errores son parte fundamental del aprendizaje, algo que la lógica de la inmediatez no permite.
El rol del docente
Para Santiago García Álvarez, el profesor es una figura central en esta lucha contra la superficialidad. Su papel no es transmitir información, sino acompañar al estudiante en el descubrimiento del conocimiento. La mentoría, el diálogo y la retroalimentación son prácticas que se pierden cuando se busca automatizar la enseñanza.
El autor rescata la importancia de la presencialidad y del encuentro humano, aunque sea mediado por plataformas. La relación personal entre docente y alumno es irremplazable para el desarrollo de habilidades como la argumentación y la escritura, que son la base de la vida académica y profesional.
Preservar el sentido público de la universidad
En su artículo, García Álvarez también invita a las autoridades a proteger a las universidades públicas de las lógicas de mercado. La exigencia de eficiencia y de resultados medibles inmediatos no debería llevarlas a sacrificar sus funciones esenciales: la investigación, la extensión y la crítica social.
El filósofo insiste en que la universidad no es una empresa ni un centro de capacitación; es un lugar donde se produce conocimiento y se forman personas. Si se pierde esa identidad, se habrá destruido uno de los pilares de la democracia.
La necesidad de desacelerar
El título de la columna, 'Universidad, antídoto contra la inmediatez', resume la tesis del autor. La educación superior debe ser, según él, una protesta activa contra la prisa. No se trata de desconectarse de la tecnología, sino de utilizarla sin perder la capacidad de concentración.
En conclusión, Santiago García Álvarez hace un llamado a estudiantes, profesores y rectores a defender el tiempo como una condición del saber. La inmediatez es una tentación, pero ceder ante ella implicaría renunciar a lo que hace distinta a la universidad. Se trata de una batalla cultural que merece la pena librar.



