“Gobernaré con firmeza y empatía”, prometió Keiko Sofía Fujimori Higuchi al asumir el 28 de julio de 2026 la presidencia de Perú. Nadie habría imaginado ese desenlace apenas cinco años atrás, cuando la líder de Fuerza Popular encajaba su tercera derrota en un balotaje. Con su investidura, la hija mayor de Alberto Fujimori quebró una larga maldición electoral y se convirtió en la primera mujer elegida por voto popular para dirigir el país. El retorno del fujimorismo al Palacio de Gobierno se produce 26 años después de la caída del régimen de su padre, condenado por corrupción y violaciones a los derechos humanos.
Durante más de 15 años, Keiko pareció condenada a repetir un destino: llegar a la segunda vuelta y quedarse a las puertas del poder. Perdió en 2011 contra Ollanta Humala, en 2016 por un margen mínimo frente a Pedro Pablo Kuczynski y en 2021 ante Pedro Castillo. Esa frustración, sumada a investigaciones por presunto lavado de dinero y meses en prisión preventiva, forjó una resiliencia que sus seguidores admiran y sus críticos consideran tozudez.
La hija bendita del fujimorismo
Keiko Sofía Fujimori Higuchi nació en Lima el 25 de mayo de 1975, como la mayor de los cuatro hijos del entonces desconocido ingeniero agrónomo Alberto Fujimori y Susana Higuchi, ingeniera civil y posteriormente congresista. Su nombre, de origen japonés, significa “hija bendita” o “afortunada”, aunque en el colegio le apodaron “la china”. Sus hermanos son Hiro (49 años), Sachi (48 años) y Kenji Fujimori (45 años).
Su infancia transcurrió con relativa normalidad hasta 1990, cuando su padre, un outsider político, ganó las elecciones presidenciales. Keiko tenía entonces 15 años y pasó de ser una adolescente anónima a vivir en el centro del poder. La ruptura de sus padres marcó su vida pública: en 1994, Susana Higuchi denunció malos tratos y acusó a familiares del presidente de apropiarse de donaciones japonesas. La separación fue explosiva, y Keiko, con solo 19 años, asumió el papel de primera dama, una responsabilidad que ella misma calificó después de compleja, en la que intentó proteger a su familia bajo un intenso escrutinio público.
Formación y vida personal
Tras estudiar en el Colegio Sagrados Corazones Recoleta de Lima, Keiko viajó a Estados Unidos para cursar Administración de Empresas en la Universidad de Boston. Después realizó estudios de posgrado en la Universidad de Columbia. En esa etapa coincidió con el apogeo del poder paterno y, más tarde, con el derrumbe del gobierno de Alberto Fujimori tras los escándalos de corrupción revelados en el año 2000.
En Estados Unidos conoció al estadounidense de ascendencia italiana Mark Vito Villanella, con quien contrajo matrimonio y tuvo dos hijas, Kyara y Kaori. La pareja se divorció en 2022. Fuera de la política, Keiko fue accionista de Summit Products, una sociedad dedicada a la exportación de productos naturistas y de aromaterapia cultivados en Perú, un dato que aporta a su perfil empresarial.
La construcción de Fuerza Popular
El ingreso formal de Keiko a la política ocurrió en 2006, cuando fue elegida congresista con una votación histórica. A partir de 2010 reorganizó el movimiento de su padre y lo transformó en Fuerza Popular, un partido con una estructura territorial en todo el país y una disciplina partidaria inusual en el convulso escenario político peruano. Su discurso combinó crecimiento económico, mano dura contra la delincuencia y la defensa del legado del fujimorismo.
Ese aparato electoral no fue suficiente para vencer en los balotajes de 2011, 2016 y 2021. Tras su derrota ante Pedro Castillo, Keiko denunció un supuesto fraude electoral que nunca pudo probar. “Sé que a lo largo de mi vida política he cometido errores. De ellos aprendí, pero me levanté además con mucha más fuerza”, dijo en el último debate presidencial. Esa capacidad de sobreponerse se convirtió en su sello personal.
El peso del legado paterno
La relación de Keiko con el legado de su padre ha sido definida por la ambivalencia. Nunca rompió con Alberto Fujimori, condenado por violaciones a los derechos humanos y corrupción, aunque intentó marcar distancias. En una entrevista con El País afirmó: “La gente está agradecida a mi padre”, resumiendo la convicción de que buena parte del electorado valora el combate al terrorismo y la estabilización económica de los años noventa. En la campaña de 2026, esa defensa se hizo más explícita, con un discurso centrado en el orden, la seguridad y la autoridad, en respuesta al aumento de la criminalidad.
En abril, en una entrevista con la AFP, Keiko habló de su padre, fallecido en 2024: “Lo extraño. Pero en todos los sitios a donde voy me lo recuerdan”. Esa conexión emocional se convierte en un arma de doble filo: BBC Mundo la definió como una de las figuras más polarizantes de la política peruana. Miguel Torres, designado como su segundo vicepresidente, declaró a la AFP: “Cada golpe que ha recibido en la vida no la ha quebrado, la ha fortalecido aún más de lo que cualquiera podría imaginar”.
El caso Cócteles: un obstáculo judicial que se desvaneció
Su carrera también estuvo marcada por la justicia. El llamado caso Cócteles investigó presuntos aportes irregulares a sus campañas de 2011 y 2016, entre ellos dinero de la constructora brasileña Odebrecht. La Fiscalía llegó a solicitar 30 años de prisión, y Keiko pasó más de un año en prisión preventiva en distintos periodos. Ella siempre rechazó las acusaciones y denunció una persecución política.
Sin embargo, en 2025 y 2026, resoluciones del Tribunal Constitucional y del Poder Judicial modificaron el rumbo del proceso, estableciendo criterios sobre el tratamiento penal del financiamiento de campañas. La acusación principal por lavado de activos vinculada a los aportes electorales quedó sin efecto, lo que le permitió llegar a la contienda presidencial libre de ese lastre judicial.
Una oposición que también le cobra factura
Las críticas no solo provienen del ámbito judicial. Cuando Fuerza Popular obtuvo la mayoría absoluta del Congreso en 2016, Keiko fue acusada de ejercer una oposición obstruccionista que desembocó en una profunda crisis institucional. Sus detractores también le reprochan haber defendido constantemente la figura de su padre, mientras sus simpatizantes consideran que esa fidelidad es un reconocimiento a un gobierno que pacificó el país.
En la investidura, Keiko buscó proyectar una imagen reconciliadora. Prometió un papel más activo de las Fuerzas Armadas contra el crimen organizado y aseguró que su administración reconstruiría un Estado debilitado por años de confrontación. Reuters describe su estilo como pragmático, disciplinado y persistente, capaz de sobrevivir a derrotas, investigaciones y fracturas internas sin perder el control de su partido.
Los retos de una presidencia polarizada
Quienes han trabajado con ella la describen como metódica, reservada y resistente a la presión. Sus críticos la ven como excesivamente cautelosa, desconfiada y poco propensa a reconocer errores. El País resumió el desafío de su mandato con una frase: “romper con la inestabilidad de la última década”, aunque advirtió que la polarización que ha acompañado toda su carrera seguirá siendo el principal obstáculo.
Con una economía que demanda reformas, una sociedad cansada de la violencia y un congreso fragmentado, Keiko Fujimori enfrenta ahora el reto de gobernar para todos los peruanos. La “hija bendita” que polarizó a su país por dos décadas tiene en sus manos la oportunidad de reescribir su propia historia.



