Abogados formalistas y llorones: crítica a la justicia mexicana
Abogados formalistas y llorones: crítica a la justicia

En su más reciente columna de opinión, Raymundo Canales de la Fuente arremete contra los abogados que se aferran al formalismo jurídico y que reaccionan con lágrimas y quejas ante resoluciones judiciales adversas. El autor sostiene que esta actitud no solo entorpece la labor de los tribunales, sino que también revela una profunda resistencia al cambio en una profesión que debería estar al servicio de la justicia y no al revés.

El perfil del abogado formalista

Canales de la Fuente describe al abogado formalista como aquel profesional que antepone el procedimiento al fondo del asunto. Para él, la letra de la ley se convierte en un escudo para evitar enfrentar las consecuencias de sus argumentos. Este tipo de litigante no busca la verdad ni la equidad, sino únicamente el cumplimiento mecánico de las reglas, aunque ello signifique dejar sin protección a quienes más requieren del derecho.

El autor ejemplifica cómo en casos cotidianos, desde disputas laborales hasta amparos administrativos, los formalistas encuentran pretextos para prolongar los juicios. Lloran, dice, cuando el juez interpreta la norma de manera teleológica o cuando aplica principios constitucionales. En lugar de adaptarse a una jurisprudencia en evolución, se escudan en tecnicismos y acusan a los impartidores de justicia de actuar de manera arbitraria.

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El llanto como estrategia procesal

Para Canales de la Fuente, el “llanto” no es una metáfora vacía. Representa una estrategia deliberada que busca desacreditar a los jueces y presionar a la opinión pública. Con frecuencia, estos abogados acuden a los medios de comunicación a presentarse como víctimas de un sistema corrupto, cuando en realidad lo que no soportan es que les exijan argumentos sólidos y pruebas contundentes.

El autor subraya que el formalismo mal entendido ha generado una cultura de queja permanente. Cada resolución desfavorable se convierte en un agravio personal, y en lugar de estudiar el derecho sustantivo, los abogados prefieren redactar escritos interminables repletos de citas doctrinales que poco aportan al caso concreto. Esto, afirma, ha contribuido a la saturación del Poder Judicial y a la desconfianza ciudadana en la impartición de justicia.

La necesidad de un derecho más humano

El columnista propone un cambio de paradigma. No se trata de abandonar las formas, sino de entender que el derecho no es un fin en sí mismo, sino un instrumento para alcanzar la paz social. Los abogados deben formarse en una visión más humanista, que privilegie la solución de conflictos reales por encima de las formalidades vacías. Los jueces, por su parte, requieren de litigantes que colaboren en la búsqueda de sentencias justas, no que obstaculicen con argucias.

Canales de la Fuente hace un llamado directo a las facultades de derecho y a los colegios de abogados para que promuevan una ética profesional que rechace el llanto y el formalismo. La abogacía, recuerda, es una de las profesiones más nobles cuando se ejerce con rectitud, pero también una de las más dañinas cuando se corrompe por el ego y la falta de escrúpulos.

La reacción de los sectores jurídicos

Si bien la columna ha generado debate entre los lectores, especialmente entre aquellos que se sienten aludidos, también ha encontrado respaldo en sectores que claman por una justicia más expedita y sustancial. El autor retoma estadísticas de años recientes que muestran un incremento en los recursos de queja y en los incidentes de nulidad, lo que evidencia una práctica procesal dilatoria. No obstante, evita caer en generalizaciones y reconoce que existen abogados comprometidos y éticos que trabajan diariamente por un mejor sistema.

El artículo concluye con una advertencia lapidaria: mientras los abogados sigan llorando en lugar de argumentar, la justicia mexicana permanecerá secuestrada por el procedimiento. Para Canales de la Fuente, ha llegado la hora de que la profesión asuma su responsabilidad social y deje de lado las lágrimas para ponerse a trabajar.

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