En los últimos años, la discusión sobre la baja presencia de mujeres en espacios de poder, ciencia, tecnología y toma de decisiones ha sido recurrente. Una explicación común, cargada de prejuicios, es que las mujeres “no tienen interés” en esos sectores. Sin embargo, esta lectura simplista omite las barreras estructurales que impiden su acceso y permanencia, y que muchas veces se disfrazan de una supuesta elección personal.
La exclusión invisible: cómo opera
La exclusión no siempre se manifiesta en un veto explícito. Puede presentarse a través de estereotipos de género que condicionan las expectativas desde la infancia, redes profesionales cerradas, sesgos en los procesos de selección, y entornos laborales hostiles. Estos mecanismos, acumulados, generan que muchas mujeres opten por retirarse o no postularse, lo que después se interpreta como desinterés.
Un ejemplo claro es el ámbito político. A pesar de las cuotas de género, las mujeres enfrentan obstáculos como el financiamiento desigual, el acoso político y la asignación de candidaturas en distritos perdedores. Cuando no llegan a cargos de elección, se dice que “no les interesa” la política, pero la evidencia muestra que la participación femenina en las bases electorales es alta.
El costo de malinterpretar la realidad
Catalogar como desinterés lo que es exclusión tiene consecuencias graves. Por un lado, exime a las instituciones de implementar políticas de igualdad. Por otro, desalienta a las propias mujeres, que internalizan la idea de que no pertenecen a ciertos campos. Esto refuerza la brecha de género y retrasa los avances hacia sociedades más equitativas.
Los datos de organismos internacionales muestran que los países con mayor participación femenina en puestos de decisión tienen mejores índices de desarrollo y gobernanza. Sin embargo, en México y América Latina, las mujeres siguen subrepresentadas en direcciones empresariales y altos cargos públicos, lo que evidencia que el problema no es de interés, sino de oportunidades.
Hacia un cambio de enfoque
Reconocer que se trata de exclusión es el primer paso para transformar las instituciones. Es necesario implementar políticas de corresponsabilidad, transparencia en los procesos de selección, y mecanismos de denuncia contra el acoso. Asimismo, se debe visibilizar los sesgos implícitos que operan en la evaluación del desempeño femenino.
No basta con convocar; hay que garantizar condiciones reales de permanencia. La narrativa del desinterés debe sustituirse por el diagnóstico honesto de las barreras. Solo así se podrá hablar de una verdadera inclusión, donde la participación de las mujeres sea un hecho y no una excepción tolerada.



