Mientras los algoritmos de TikTok e Instagram romantizan la vida doméstica con imágenes de pan artesanal y cocinas de mármol, la realidad económica de México dibuja un panorama muy distinto. Según la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado 2024, las labores domésticas y de cuidados en el país valen 8 billones de pesos, equivalentes a 23.9% del PIB nacional. Este trabajo invisible lo realizan mayoritariamente las mujeres, quienes aportan 72.6% de ese valor y dedican 2.7 veces más horas que los hombres a estas tareas.
En promedio, el trabajo anual de cada mujer en el hogar representa 82 mil 339 pesos, pero la cifra asciende a 111 mil 32 pesos cuando hay menores de seis años en casa. Como advierte Olimpia Ávila: “Al asumir en solitario el trabajo de cuidados y las labores domésticas no remuneradas, miles de madres sacrifican su salud mental y su independencia financiera”. A pesar de ese aporte, casi ninguna recibe un salario por ello, y la tendencia “tradwife” —esposas tradicionales— que se ha vuelto viral en redes sociales presenta ese rol como una elección empoderada, aun cuando las condiciones materiales del país lo contradicen.
El ingreso necesario para no caer en la precariedad
Mujeres consultadas por Excélsior coinciden en que se necesitan ingresos superiores a los 30 mil pesos mensuales para que una mujer pueda permitirse no trabajar fuera de casa sin caer en la precariedad. La brecha entre esa cifra y el salario mínimo —alrededor de 9 mil 582.47 pesos al mes— es enorme. “Si un día te da de tragar, mañana también te puede apuñalar”, advirtió la abuela de Elena Mendoza, una asistente operativa de 28 años, al alertar sobre el riesgo de entregar la autonomía a cambio de un sustento.
Hayetth Medina, de 30 años, dedicada a la comedia, el trabajo freelance y el modelaje, señaló que hoy “no alcanza con el sueldo de una persona para vivir medianamente bien” y que se requieren al menos dos o tres ingresos para una vida digna. Por su parte, Maggie, maestra de 28 años, explicó que la clase media es frágil: una persona necesitaría ganar mucho más que el mínimo mensual para que su pareja pudiera quedarse en casa por gusto y no por falta de opciones. Además, dijo, “el hombre sigue esperando que ella se encargue a 100% de las obligaciones del hogar”, lo que rompe la fantasía de un ama de casa por elección. Cris, madre y emprendedora, lo definió como “un privilegio económico, un lujo”, dado el alto costo de las rentas y lo que se requiere para sostener un hogar con un solo ingreso.
“No hay nada más alejado del empoderamiento que la sumisión”
Para la doctora Aimée Vega Montiel, investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, la moda de las tradwives no es un movimiento de libertad, sino la amplificación de un mecanismo de opresión histórico del patriarcado. “Un ser humano que depende económicamente de otro… no es libre, no es autónomo”, afirmó a este medio. “No hay nada más alejado del empoderamiento que la sumisión a los demás”, agregó.
La especialista en feminismo y comunicación criticó que el Estado haya clasificado históricamente el trabajo doméstico dentro de la “inactividad”, ocultando que esa labor sostiene a quienes sí reciben un sueldo. En la investigación académica La esposa emprendedora se documenta cómo la tendencia tradwife busca restaurar roles de género estrictamente separados y una “familia natural” con estética de los años 50, pero en América Latina esa idea resulta una “fantasía insostenible” frente a la precariedad local.
Un privilegio económico con raíces coloniales
El fenómeno también ha permeado en Estados Unidos, donde la activista Erika Kirk ha propuesto sustituir el voto de las mujeres por un “voto por hogar”. En México, la influencer y excandidata a la alcaldía de Monterrey, Mariana Rodríguez, promovió en agosto de 2019 el taller en línea En Casa, centrado en tareas domésticas. Sin embargo, la doctora Lu Ciccia, del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM, advierte que el ideal tradwife es una importación del Norte Global ligada a discursos de “élite genética” que buscan incentivar la reproducción de poblaciones blancas. Figuras como Ballerina Farm, Nara Smith o RoRo popularizan ese modelo en redes.
“En América Latina, ¿qué mujer puede ser una tradwife si no es millonaria?”, cuestionó Ciccia, quien consideró el modelo una contradicción colonial. Además, señaló que las redes sociales difuminan la frontera entre lo público y lo doméstico y promueven la idea de que la realización femenina solo se alcanza mediante la maternidad. “Nos hacen falta redes de amor para crear comunidad”, dijo.
La historia detrás del rechazo: abuso y control económico
Elena Mendoza, quien trabaja en una funeraria, sostuvo que pensar en la mujer como ama de casa “es un insulto a la memoria”. En su familia, el poder económico de una pareja de su madre fue utilizado para “arruinar sus vidas” mediante abuso físico y sexual. “¿Por qué le darías el poder a un hombre de controlar tu vida mediante el dinero?”, cuestionó, y sentenció: “Prefiero vivir agotada... que volver a sentir que dependo de que un hombre me manosee o me pegue solamente para poder comer”.
Esta experiencia personal refleja una preocupación estructural. Desde 2018, los recortes presupuestales eliminaron el área de la Secretaría de Gobernación encargada de monitorear y sancionar contenidos mediáticos que hacen apología a la violencia o discriminación de género. Sin esa vigilancia de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, los discursos que fomentan la subordinación circulan sin consecuencias en el ecosistema digital mexicano, explicó Vega Montiel.
Una vejez sin autonomía: el costo de cuidarlo todo
Elizabeth, de 61 años, encarna el reverso del sueño tradwife. Tras dedicar su vida al cuidado de su familia, hoy enfrenta una vejez sin autonomía económica. “La mujer que se dedica al hogar se queda sin nada”, sentenció. “Al final de los años… me vengo quedando con nada”. Para ella, la narrativa del empoderamiento doméstico es solo un espejismo.
Incluso quienes logran hacer que el modelo funcione reconocen sus límites. Monse, ama de casa de 32 años, admitió que la decisión de quedarse en casa le funcionó, pero sabe que “no todas las mujeres tienen esa posibilidad y que es un trabajo sumamente pesado sin sueldo”. Verónica, maestra, opinó que el movimiento vende una “realidad económica ideal” inalcanzable para la mayoría.
La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) respalda esas percepciones: las mujeres dedican 39.7 horas semanales a las tareas del hogar, frente a 18.2 horas de los hombres. Solo en preparar alimentos, las mujeres invierten 13 horas a la semana, una brecha de 8.3 horas más que ellos. Elizabeth concluyó que la domesticidad exclusiva no es un privilegio, sino una “sentencia de precariedad”: se termina “sin sustento, sin ahorros y sin el patrimonio que su esfuerzo invisible ayudó a construir para otros”.



