La violencia sexual no es espectáculo: reflexión sobre el caso Epstein y la normalización del abuso
Violencia sexual no es espectáculo: reflexión sobre caso Epstein

La paradoja mediática: cuando el horror se convierte en espectáculo

Recientemente me descubrí a mí misma realizando algo que siempre he criticado profundamente: consumiendo violencia como si fuera contenido de entretenimiento. Video tras video sobre el caso de Jeffrey Epstein, detalles escabrosos, reconstrucciones morbosas, nombres de involucrados, teorías conspirativas, entrevistas a víctimas y recorridos virtuales por la infame isla privada. Al cerrar la computadora, sentí un profundo malestar estomacal y una sensación de culpa por participar en una maquinaria que transforma la explotación sexual en espectáculo mediático.

La falsa excepcionalidad de un patrón estructural

Mientras más analizaba este caso presentado como extraordinario, más evidente se volvía una verdad irrefutable: no tiene absolutamente nada de excepcional. La Organización Mundial de la Salud estima que el 30% de las mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. Esto significa que una de cada tres mujeres y niñas experimenta este flagelo, no en una isla privada, sino en sus hogares, escuelas, trabajos y calles.

Si observamos la trata de personas, el patrón tampoco es marginal. El Reporte Global de Tráfico de Personas de la Oficina de Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen revela datos alarmantes:

  • El 61% de las víctimas detectadas son mujeres y niñas
  • Este crimen aumentó un 25% en 2022 comparado con 2019
  • La forma más común de tráfico de personas es la explotación sexual (79%)
  • Niñas y mujeres representan la mayoría de víctimas en todas las regiones del mundo

Esta realidad, como puede observarse claramente, no es una excepción al sistema. Es el sistema mismo funcionando según patrones establecidos de desigualdad y poder.

La impunidad como norma: las cifras negras de la violencia sexual

Para comprender verdaderamente este crimen, debemos familiarizarnos con el concepto de cifras negras: aquellos delitos que ocurren pero nunca se denuncian o no llegan a sentencia condenatoria. En materia de violencia sexual, esta cifra es extraordinariamente alta. Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid sobre la "Pirámide de impunidad" muestra que apenas entre el 2% y 3% de las agresiones sexuales estimadas terminan en condena efectiva.

Investigaciones comparadas en países desarrollados documentan el mismo fenómeno preocupante: la mayoría de los casos se pierden en el intrincado camino judicial. Esto significa que el problema fundamental no radica en la falta de cámaras o denuncias, sino en la impunidad estructural que protege a los agresores.

La paradoja Epstein: millones de agresiones invisibles versus un caso mediático

Aquí reside la gran paradoja del caso Epstein: mientras millones de agresiones permanecen invisibles diariamente en todo el mundo, un solo caso satura los medios de comunicación y captura la atención global. Este show mediático ha convertido un patrón lamentablemente cotidiano en una anomalía presentada como única. Las estadísticas, sin embargo, colocan este caso en su verdadera dimensión: se trata de un patrón estructural, no de una excepción.

Podemos afirmar que la visibilización del "monstruo" tiene un efecto tranquilizador a nivel global y para las "buenas conciencias" del mundo. Funciona mediante un mecanismo psicológico simple: si el mal tiene nombre propio, entonces el resto del mundo puede respirar aliviado. Si el problema se llama Epstein, basta con señalarlo, denunciarlo y visibilizarlo hasta el cansancio para sentir que el horror ha sido contenido y el mal erradicado.

El "pequeño detalle" que ignoramos: la violencia como expresión de desigualdad

Existe un "pequeño detalle" crucial que frecuentemente pasamos por alto: la violencia sexual no es una rareza patológica. Constituye una expresión extrema de desigualdades de género, poder y dinero que atraviesan nuestras instituciones y realidad social. Los medios la cubren como espectáculo o noticia excepcional, mientras se normaliza de manera cotidiana en millones de vidas.

Además, debemos reconocer que no todas las víctimas ocupan el mismo espacio en la narrativa mediática. En Estados Unidos, una de cada cinco mujeres afroamericanas son sobrevivientes de violación y el 41% ha experimentado alguna forma de coerción o abuso sexual. Sin embargo, múltiples estudios sobre cobertura mediática muestran que las víctimas blancas reciben mayor atención que las víctimas negras o migrantes.

Algunas investigaciones han descrito este fenómeno como el "síndrome de la mujer blanca desaparecida": no todas las vidas generan el mismo escándalo ni la misma indignación pública. En el caso de los Epstein Files, prácticamente no se habla de las víctimas afroamericanas que vivieron un infierno aún mayor en la famosa Isla del pederasta; la atención se concentra principalmente en las jovencitas blancas.

Visibilidad desigual: cuando el poder determina la cobertura

La visibilidad mediática tampoco se distribuye de manera equitativa, al igual que la indignación social. Cuando el caso involucra a las élites y a hombres blancos poderosos del mundo, hay cámaras, micrófonos y titulares. Cuando involucra pobreza, migración o racialización, las respuestas predominantes son el silencio o la invisibilización sistemática.

No deja de llamar la atención que la única persona cumpliendo una condena significativa en este caso sea solamente una mujer: Ghislaine Maxwell. Lo que hizo indudablemente amerita la condena que está pagando, pero la red que sostuvo el abuso era predominantemente masculina y estaba profundamente conectada con estructuras de poder económico, financiero y político a nivel internacional.

Si en casos "ordinarios" apenas entre el 2% y 10% de agresiones estimadas llegan a condena, ¿qué podemos esperar cuando el agresor pertenece a la élite? Empiezan a aparecer algunos "posibles responsables" vinculados a la realeza, quienes -por supuesto- se declaran inocentes aunque existan fotografías, grabaciones y pruebas contundentes de su presencia en el círculo de Epstein, su departamento de Nueva York, el vergonzoso Lolita Express y la isla Little St. James.

Revictimización mediática y la sustitución de justicia por espectáculo

Mientras tanto, los medios de comunicación siguen solicitando a las sobrevivientes que repitan su historia traumática para probar que "el monstruo era realmente monstruoso" en entrevistas que las revictimizan y alimentan el espectáculo y el rating de los programas. Esta dinámica no aporta absolutamente nada constructivo, invisibiliza a la mayoría de las víctimas y sobreexpone a algunas pocas seleccionadas.

Nadie habla seriamente sobre cómo reducir la cifra negra de violencia sexual, no se discute cómo garantizar investigaciones con perspectiva de género, ni cómo blindar a las denunciantes frente al poder abrumador de los acusados, ni cómo reparar integralmente a las sobrevivientes y a aquellas que aún no pueden alzar la voz.

Se "analizan" exhaustivamente los detalles morbosos, las particularidades psicológicas del agresor, las cámaras en su departamento, los correos electrónicos entre millones de páginas públicas, las fotografías con figuras poderosas, pero no se habla de la estructura que sustentó la impunidad, el tráfico, la explotación, la violación y el abuso sistemático a miles de jóvenes mujeres a lo largo de años, y que no se ha desmantelado.

Conclusiones: más allá del monstruo individual

El espectáculo y la indignación superficial han sustituido a la justicia verdadera, y la fascinación morbosa ha reemplazado a las leyes y políticas públicas efectivas. Pesan más las declaraciones de inocencia de los poderosos que la violencia vivida por esas mujeres. Y ni qué decir de las jóvenes de piel oscura que desaparecieron en la isla y que ni siquiera han sido nombradas porque no existe registro oficial de su existencia.

La denuncia, visibilización -y eventual muerte- del "monstruo" tranquiliza psicológicamente porque nos permite creer que el problema estaba concentrado en un cuerpo individual, en una isla específica, en un expediente judicial. Pero la violencia sexual no vive en una isla aislada. Vive y se reproduce en sistemas que deciden cotidianamente qué casos se investigan, qué se archiva, qué se publica y qué -y quiénes- se olvidan deliberadamente.

Mientras sigamos consumiendo el horror como entretenimiento político y mediático, el sistema permanecerá intacto. No, no necesitamos exhibir más monstruos individuales. Lo que verdaderamente necesitamos es reconocer y destruir la cultura, las complicidades y las estructuras e instituciones que los hacen posibles. Solo entonces podremos comenzar a construir una sociedad donde la violencia sexual deje de ser normalizada y la justicia deje de ser un espectáculo mediático.