Hay zonas de la ciudad que concentran y retienen más temperatura que sus alrededores, producto de la acumulación de concreto, asfalto y vidrio, y de la escasez de vegetación. CORTESÍA/ISMY
Pedaleo jadeando por avenida La Paz, en Guadalajara, bajo el sol abrasador de abril. El calor cae sobre mi cabeza, pero también asciende desde el asfalto. Lo siento en las piernas, en la respiración que me quema y reseca las fosas nasales, en el sudor que corre por mi sien. A lo lejos, el semáforo está en rojo. Podría avanzar hasta la esquina y esperar bajo el sol. Pero no lo hago. Freno antes, bajo la sombra de un tabachín, para esquivar el calor y ganar unos segundos de frescura. Este no es un gesto individual. Es una forma de administrar el calor. Y esa administración tiene historia.
Los sapiens no sólo hemos aprendido a coexistir con el calor: hemos pasado de administrarlo a intentar eliminarlo y, en ese intento, a intensificarlo. Durante siglos, el calor no se combatía: se administraba. Las arquitecturas de barro, las paredes anchas con ventanas pequeñas y los patios no buscaban eliminarlo, sino modularlo. Se trataba de convivir con el clima, no de eliminarlo. Esa coexistencia también organizaba el tiempo. En muchas sociedades, el calor marcaba ritmos cotidianos: el trabajo temprano, la pausa del mediodía, la reactivación al caer la tarde. La siesta era, entonces, una tecnología social. Los cuerpos se sincronizaban con el calor.
Ese equilibrio comenzó a transformarse con la modernidad industrial. A principios del siglo XX, el ingeniero Willis Carrier desarrolló los primeros sistemas de aire acondicionado para controlar la humedad en las imprentas. Sin embargo, la tecnología pronto se desplazó hacia oficinas, fábricas y hogares. Entonces ocurrió un giro decisivo: dejamos de adaptarnos al calor para intentar eliminarlo. El aire acondicionado instauró un nuevo régimen térmico: una temperatura artificial, constante, homogénea. Pero ese enfriamiento no elimina el calor: lo desplaza y lo amplifica.
En un giro irónico, esa administración moderna falla. En días calurosos, los transformadores eléctricos se sobrecalientan, la red se satura y el aire acondicionado deja de funcionar. Entonces el calor se presenta de golpe, sin mediación, y recuerda algo incómodo: el calor que creíamos haber eliminado sólo circulaba por otros circuitos.
En un intento desesperado por nombrar este desplazamiento en nuestra relación con el calor, hemos inventado expresiones como “olas de calor”. Olas, como si fueran eventos pasajeros, fenómenos que llegan y se retiran. Pero cada vez lo son menos. No rompen en la orilla y se disipan, sino que se acumulan. Son una marea que no baja.
En esa marea aparecen las llamadas islas de calor urbano: zonas de la ciudad que concentran y retienen más temperatura que sus alrededores, producto de la acumulación de concreto, asfalto y vidrio, y de la escasez de vegetación. Las ciudades almacenan energía térmica durante el día y la liberan por la noche. El contraste con el medio rural es evidente: donde hay vegetación, el calor se disipa; donde dominan las superficies duras, se intensifica.
Por eso han surgido nuevos nombres para explicar esta sensación de estarnos friendo a nosotros mismos. El “Piroceno” propone que vivimos en una era definida por el fuego, por la combustión antropogénica acumulada de siglos. El calor que experimentamos es tanto atmosférico como histórico, es decir, humano. El calor ya no es sólo algo con que coexistimos, es algo que producimos. En una ironía termodinámica, cuanto más intentamos eliminar el calor, más contribuimos a intensificarlo.
Para saber Crónicas del Antropoceno es un espacio para la reflexión sobre la época humana y sus consecuencias producido por el Museo de Ciencias Ambientales de la Universidad de Guadalajara que incluye una columna y un podcast disponible en todas las plataformas digitales.
Sobre la autora Gloria Maritza Gómez Revuelta es historiadora del espacio exterior y la geofísica. Profesora en la Universidad de Guadalajara y Guggenheim Fellow 2026–2027 en el Smithsonian National Air and Space Museum, su investigación explora las intersecciones entre ciencia, política y cultura en el autodenominado “Tercer Mundo” desde perspectivas feministas y transnacionales.



