Gobernar con likes: la paradoja de la legitimidad política
Gobernar con likes: la paradoja de la legitimidad

La nueva medida del poder

Una paradoja recorre el ejercicio del poder contemporáneo: las mismas herramientas que democratizaron el acceso a la política ahora exigen a los gobernantes competir a diario por la atención fragmentada de sus audiencias. La legitimidad, que antes se construía con el tiempo y las estructuras partidistas, se asemeja cada vez más a la lógica de un contenido viral, donde el respaldo se mide en reacciones y la permanencia en el cargo depende, en buena medida, de la capacidad para mantenerse visible en el flujo informativo.

El fenómeno no se limita a los perfiles personales de los políticos. Los equipos de comunicación de gobiernos y parlamentos dedican recursos crecientes a gestionar la presencia en redes, a producir mensajes con potencial de propagación y a monitorear el pulso de las conversaciones digitales. La política, en ese sentido, se ha convertido en una disciplina de atención constante, donde el ciudadano común observa, comenta y comparte cada decisión como si se tratara de un espectáculo.

La aclamación digital

Esta mutación no es del todo novedosa. El vínculo carismático entre gobernantes y gobernados ha sido históricamente una de las formas más persistentes de legitimación política. Carl Schmitt denominó aclamación al aplauso visible de una masa que reconoce, antes que delibera, la autoridad de quien la conduce. La diferencia es que hoy ese aplauso se convierte en métricas, comentarios y compartidos, y el reconocimiento se manifiesta en tiempo real.

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Conviene, sin embargo, resistir la tentación de leer esta apertura únicamente como una degradación. Idealizar el pasado sería olvidar que la política también se decidía mediante operadores que orquestaban el rostro carismático de los candidatos. Lo que internet ha logrado es abaratar el coste de entrada a ese juego de reconocimiento colectivo. Cualquier persona sin padrinazgos partidistas ni capital económico puede construir una comunidad propia y, desde ahí, lanzarse a disputar espacios de poder. Esa es la vocación democratizadora de la red que solemos celebrar.

El espejo que confirma

El problema aparece cuando esa comunidad se convierte en un espejo. En lugar de operar como un canal de escucha, devuelve constantemente al gobernante la certeza de que actúa correctamente. Quienes le escriben pertenecen, casi siempre, al mismo circuito afectivo que ya lo reconoce como propio. Así se instala un sesgo de confirmación que no siempre es evidente para quien lo padece: la sensación de atender demandas concretas puede convivir con el desconocimiento sostenido de las realidades que quedan fuera de ese radio de reconocimiento mutuo.

La dinámica de las plataformas agrava el problema. Los algoritmos premian la interacción y la reacción emocional, lo que favorece los mensajes polarizantes y las promesas de impacto inmediato frente a las propuestas técnicas y de largo plazo. Un gobernante puede sentirse respaldado por una comunidad digital muy activa, pero esa misma comunidad puede estar desconectada de las necesidades de la población en general. La política, así, corre el riesgo de convertirse en un circuito cerrado de retroalimentación afectiva.

Autoridad profunda en el interior, delgada hacia afuera

El resultado es una autoridad extraordinariamente sólida hacia dentro de la comunidad que la sostiene, pero muy delgada hacia todo aquello que queda fuera. Esto explica por qué tantos funcionarios dominan el lenguaje del entretenimiento digital sin dominar con la misma soltura las facultades técnicas y las responsabilidades específicas de sus cargos. La política, en esa dinámica, se convierte en un ejercicio de performance permanente, donde el gesto y la reacción importan más que la materialización de políticas públicas.

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Esa confusión entre comunidad afectiva y ciudadanía real se traslada también al terreno legislativo. La reciente reforma en materia de telecomunicaciones retoma la noción de derechos de las audiencias, pensada originalmente para proteger a quienes consumen información mediática. Pero no existe una discusión equivalente sobre lo que significa que el propio elector empiece a ser tratado como una audiencia. Gobernar para audiencias es una tarea muy distinta de gobernar para ciudadanos: la primera se conquista con lo que resulta viral; la segunda exige políticas capaces de sostenerse aunque nadie las esté grabando.

La pregunta incómoda

No se trata de añorar una cercanía calculada que nunca fue del todo genuina, ni de exigir distancia como sinónimo de seriedad. La cuestión es cómo construir vínculos afectivos legítimos sin que ese vínculo sustituya por completo el trabajo lento, técnico y muchas veces invisible que exige gobernar bien. Esa es la pregunta incómoda que esta época nos obliga a formular, y cuya respuesta determinará la calidad de nuestras democracias.